Por: Augusto Trujillo Muñoz

Después de Puerto España

La cumbre de jefes de Estado de las Américas, significó un verdadero hito en la historia del continente.

La modernidad –como proceso racional emancipatorio pero, a la vez, como fenómeno intelectual omnicomprensivo- estimó que todas las épocas son susceptibles de cambios, pero desestimó el alcance de los cambios de época.

La cita de Puerto España mostró que estamos viviendo algo de esto último: nunca en la historia del hemisferio, un presidente de los Estados Unidos quiso mirar hacia un horizonte común con los demás países americanos. Lo normal fue siempre, ver al vocero de un imperio excluyente y maniqueo, imponiendo sus puntos de vista definitivos e inapelables.

Es bueno recordar la célebre “Doctrina Monroe”, formulada por los gringos, desde los comienzos del siglo XIX, no precisamente para preservar la libertad de los jóvenes pueblos que –desde su frontera sur hasta la Patagonia- acababan de obtener su independencia, sino más bien para garantizar su influencia sobre ellos.

Así mismo actuaron en la guerra con México, en la independencia de Cuba, en el raponazo de Panamá. Claro, también en Hiroshima, en el Vietnam, en Irak. Pero frente a los pueblos latinoamericanos ha sido una constante vergonzosa. Generalmente las políticas de los Estados Unidos dejaron en el resto de América un olor a violencia y un sabor a despojo.

A comienzos del siglo XX Theodore Roosevelt –cuya política exterior se conoció como la del del big stick- dio clara muestra de lo que entendía por civilización: “el hombre civilizado encuentra que no puede conservar la paz sino subyugando al vecino bárbaro, pues el bárbaro no cederá sino ante la fuerza”.

Cien años después George Bush insiste en privilegiar la fuerza por encima del derecho, y escribe páginas indignas de cualquier país civilizado en Abu Ghraib, en Afganistán, en Guantánamo. Incluso en la misma Casa Blanca, donde el vicepresidente Cheney y el secretario de estado Rumsfeld propiciaron o avalaron maltratos y torturas.

Obama, en cambio, replantea la cuestión de Guantánamo, cambia la política del gran garrote por la del diálogo, demuestra que está dispuesto a escuchar, no a dar instrucciones ni a impartir órdenes y, como colofón del cambio de conducta, está logrando un cambio de la imagen de su país en el concierto latinoamericano.

No hay razones suficientes en nuestra América para un excesivo optimismo pero, en todo caso, el nuevo presidente de Estados Unidos es consciente de que el unilateralismo predicado por su antecesor ha de dar paso a una multilateralidad que consulte intereses de otros pueblos, igualmente legítimos a los del gobierno y el pueblo norteamericano.

No hay, de seguro, una nueva política de USA frente a la América Ibérica. Pero después de Puerto España es evidente que hay un nuevo estilo presidencial para ejercer la política. En él subyace el inevitable liderazgo de la primera potencia del mundo. Pero también subyace la idea de que el liderazgo no se sustenta en el poder militar de un ejército, sino en el poder moral de una sociedad y en la transparencia de sus líderes y de sus instituciones.

Ex senador, profesor universitario.

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