Después del ojo afuera…

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Imposible no escribir sobre lo que estamos viviendo. Las generaciones que habitamos el mundo actualmente (con excepción de unos pocos) jamás habíamos sentido algo así. No nos han tocado guerras mundiales (internas sí, pero de aquellas que uno puede enterrar la cabeza para no ver), ni pandemias como esta, que se expanden a través de fronteras sin importar si las naciones son ricas o pobres, desarrolladas o subdesarrolladas, socialistas o capitalistas, democráticas o represivas. De repente somos todos iguales, estamos todos igual de expuestos y vulnerables. Tamaño reto el que nos puso el planeta, porque el individuo poco o nada podrá hacer para superar este momento si no piensa en el colectivo. Lo preocupante es que eso del bien común sobre el particular sí que le cuesta al colombiano.

Sin embargo, el desafío no es solo nuestro, es de toda la humanidad. El coronavirus logró afectar, y de qué manera, al mundo rico, educado y desarrollado. Esta no es una epidemia de pobres, ni del trópico, es mundial. Lo grave es que si al mundo desarrollado lo cogió desprevenido, será devastador el impacto que tendrá en Colombia, un país tan desigual, pobre, con un sistema de salud colapsado antes de la llegada del virus y con una idiosincrasia donde nada importa a no ser que “me afecte personalmente”. Definitivamente la cosa no pinta bien.

No creo que el mundo se vaya a acabar, pero sí cambiará sustancialmente, ojalá para bien y no para mal. Les recuerdo que este es un virus generado por la naturaleza, no es un arma biológica, ni nuclear, ni un error de manipulación humana. Es la naturaleza la que nos está enviado un mensaje contundente. Lo viene haciendo, pero en la medida en que “avanzamos” como humanidad, como individuos nos volvemos más arrogantes y creemos que todo lo podemos controlar, manipular, destruir y reconstruir. Justamente a esto hemos llegado.

No querer ver más allá, no entender que esto que estamos viviendo es parte del deterioro ambiental, del cambio climático que pocos queremos aceptar, es no entender que próximamente lo que vendrá nos hará sentir que esta pandemia no fue nada. Si los que pueden desocupan los mercados, saturan los servicios de salud y hasta construyen búnkeres, imagínense lo que pasará cuando falte el agua, o los mosquitos que tantas enfermedades transmiten en el trópico empiecen a sobrevivir en otros climas, o generalicemos las prácticas de algunos países como China de comernos todo lo que se mueva, no por cultura, ni por sofisticación, sino por hambre.

Si no aprendemos de esto, lo que viene será mucho peor. Después del ojo afuera, no hay santa Lucía que valga. Debemos ser responsables y precavidos, pensando en todos. Cumplir con nuestras obligaciones, pagar los servicios, ayudarnos, obedecer las indicaciones de los que saben. Estamos entrelazados; si salimos, podemos contagiar a los más vulnerables; si no pagamos nuestros servicios, dejaremos a los más necesitados sin empleo; si acaparamos los elementos que nos van a ayudar a sobrepasar este momento, seremos contagiados igual por aquellos que quedaron desprotegidos. Al final, sin saber cuándo será, solo espero que esto nos sirva para cambiar hábitos, cuidar el planeta, reorganizar nuestras prioridades y entender que la humanidad avanza solo si se promueve y ejerce la solidaridad, y en colectivo.

 

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