Por: Piedad Bonnett

Después del triunfo

El triunfo de Santos se debe, en buena parte, al pragmatismo, una actitud propia del mismo presidente, y connatural al político.

Estos, en general, son calculadores y a la hora de elecciones examinan fríamente qué les conviene más y adhieren al que les acorta el camino hacia sus propias metas. No están muy lejos del cinismo. Los hay también, claro, llevados por idealismos, pero esos, como don Quijote, casi siempre fracasan. Entre ellos cuento a Mockus —no al alcalde sino al candidato a la Presidencia— que puso a soñar a un país y luego, a la hora de los debates, no mostró las dotes del político. Le ganó la partida un Santos astuto que calculó cada palabra y cada promesa.

Los intelectuales estamos lejos de ser seres pragmáticos, por lo menos en lo que atañe a las grandes decisiones. Somos personas especulativas por naturaleza, que, al menos teóricamente, aspiramos a basar nuestros actos en la reflexión serena de los hechos, a llenarnos de razones. Casi diría que desconfiamos éticamente de ciertas formas del pragmatismo. Por eso resulta sorprendente que hayamos optado, en inmensa mayoría —porque estuvimos en un porcentaje altísimo contra la candidatura de Zuluaga—, por votar, pragmáticamente, por un presidente que no termina de convencernos, pero al que le reconocemos que gobierna civilizadamente, respetando las leyes de la democracia. Ante el peligro del regreso del autoritarismo y la trapacería, tomamos una decisión pragmática, la misma que eligió Clara López con muy buen tino político que ahora le da réditos. Aunque yo respeto mucho al senador Robledo, y creo que obró bien, porque él no es un ciudadano cualquiera sino un símbolo de la oposición, reconozco que Clara supo leer mejor el sentir del colombiano atemorizado por la ultraderecha. Y la votación la premió ampliamente. Hoy, gracias a ella, la izquierda se “reencauchó” casi mágicamente, después de todos sus estropicios, y no está lejos de conquistar de nuevo la Alcaldía de Bogotá.

El pragmatismo tuvo un costo: la simplificación de las cosas. Los orientadores de opinión y los muchos firmantes de cartas que fueron decisivas, en las últimas semanas terminamos hablando un poco maniqueamente de izquierda y derecha, sin muchos matices, y nos concentramos en un argumento fundamental, el de la necesidad de sacar adelante el proyecto de paz. Ahora, y después de atajar al adversario, es hora de que se disuelva ese gran “sancocho” provisional, y que los que no estamos satisfechos con el primer mandato de Santos recuperemos la beligerancia crítica y la complejidad argumentativa frente a su gobierno. Y que la izquierda, a pesar de haber sido definitiva en el triunfo, retome su papel opositor y se deslinde del Gobierno: porque no creo que sea bueno para el país que Clara López o Petro terminen en un ministerio del nuevo gobierno de Santos. Y a éste le toca ahora, después del triunfo, ver si está a la altura de las demandas de la mayoría. Lo mismo que a las Farc, que esperamos que tengan claro que no votamos por ellas, sino por un país sin guerra, donde ellos puedan hacer política, pero después de un acuerdo que incluya justicia y reparación.

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