Por: Guillermo Angulo

Destino más o menos claro

ES COMPRENSIBLE QUE LA ÍNGRID que el país contempló con una mezcla de admiración y embeleso haya regresado cambiada: durante seis años y medio se dedicó a pensar sin interrupciones sobre sus posibilidades políticas y la manera de alcanzar sus metas.

La ayudaba la soledad y el no tener nada más que hacer. Y su inteligencia, aunque no llega a los estratos de “inteligencia superior” reservados al príncipe.

Bajó del avión con una camándula escondida bajo la manga, y la blandió repetidas veces. Coincidió con Uribe en darle prácticamente a Dios el crédito de su rescate (“Dios nos hizo este milagro”), sin dejar de mencionar a la Virgen y elogiar al Ejército, que en este particular caso merece todos los reconocimientos. (“No hay antecedentes de una operación tan perfecta”).

 Uribe la aventajó en los créditos, pues agregó a la colada al Espíritu Santo (el Paráclito, como lo llama cultamente Fernando Vallejo), y dos días después de la liberación, visitando en Angostura el cadáver insepulto del padre Marianito, dijo con la confianza de saber que ambos son paisas y hacen milagros: “Bastante sobregirado quedé con él [con el padre Marianito] esta semana”. Así que el beato yarumaleño es otro de los precursores de esta hazaña.

 Al aprobar la primera reelección de Uribe, Íngrid reingresó con timidez a la política. (Naturalmente, no consideró que ése fuera el escenario para mencionar el “yidisgate” y menos para hablar de los paras, como hubiera hecho la otra Íngrid, la imprudente). Un día después, se lanzó de plano a apoyar la segunda reelección. Y cuando se le preguntó si quería hacer política en Francia, respondió con prontitud: “No, en Francia no”.

A una operación tan perfecta como ‘Jaque’ no podía faltarle un lunar: el camarógrafo. Se ve que es primíparo, rey del fuera de foco, sin el entrenamiento riguroso que según el ministro Santos tuvieron todos los miembros del equipo. Hacía zooms sin ninguna necesidad, le cortaba la cabeza a todo el mundo, movía la cámara como si estuviera borracho. En fin, no sirve ni para filmar una primera comunión.

 Y cometió un error garrafal: grabar a uno de los miembros del equipo de rescate llevando un logo en el que se veía una cruz roja en medio de un doble círculo, en descarada imitación del símbolo de la Cruz Roja Internacional, cosa que está absolutamente prohibida por la organización. Lo descubrió el noticiero del canal Caracol, pero nunca más se volvió a mostrar ni la Cruz Roja protestó.

El futuro político de Íngrid es moderadamente claro, pero no depende de ella, ni de su catolicismo ni del otro derechista, Sarkozy, ni de los electores: depende únicamente del presidente Uribe. No hay sino dos candidatos posibles: Uribe mismo o quien él señale con el dedo o, recordando una excelente foto aparecida en primera plana de El Espectador, a quien le haga el guiño elector.

Y pueden ser muchos los escogidos. Van punteando Íngrid y Juan Manuel. Pero que no se hagan ilusiones: mientras el índice y el párpado del Presidente no se muevan, no habrá ninguna decisión. Sólo hay una “seguridad democrática”: con el 28% es muy difícil ganarle a un candidato que tiene el 72% de intención de voto.

Alejada del país, Íngrid ha empezado a perder el rumbo. Su anunciada no asistencia a la manifestación del 20 de julio (no es lo mismo estando en París que en Bogotá) tiene dos lecturas: para sus admiradores, significa el incumplimiento de su promesa de dedicarse de lleno a la liberación de los secuestrados. Para el Gobierno, es un liberado más (después del autoexilio, por amenazas, de Luis Eladio Pérez) que no confía en la “seguridad democrática”. Lo que para Uribe es un pecado mortal.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Guillermo Angulo

Refrito de una historia