Por: Ernesto Yamhure

Destrozando a Uribe

Hay que acabar a Uribe a como dé lugar. He ahí la consigna que los enemigos del gobierno de la Seguridad Democrática repiten acá, allá y acullá. Como asaltantes de esquina, agazapados y protegidos por la cómplice penumbra, dan el golpe cada vez que ven la oportunidad.

No ahorran adjetivos cuando de referirse a él se trata. Asesino, paramilitar y mafioso son algunas de las pulidas maneras que emplean para calificar al más grande gobernante que ha tenido nuestra patria.

Creen que insultándolo o procesándolo por delitos que jamás ha cometido van a doblegarlo. Él es como el toro de casta; después de la pica, su embestida mejora.

Círculos antiuribistas de salón andan diciendo que el expresidente ha quedado solo; que es un simple energúmeno viudo de poder, a quien el país comienza a rechazar. Falso. A Uribe lo detestan ciertas élites, pero no el pueblo. Para muchos él sigue siendo el presidente, el jefe, el que manda.

Con inimitable estilo, ejerció de cara al país, en contacto permanente con las regiones. Siempre ha dicho que la política se hace hablando con la gente y el buen gobierno es el que se realiza con afecto por las personas.

Esta semana fue objeto de una nueva jugada inmunda, una verdadera trapisonda. Publicaron periodistas de reconocido rencor por el exmandatario, una temeraria y alevosa nota en el Washington Post que indicaría que el gobierno anterior utilizó la ayuda norteamericana, destinada a la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, para espiar opositores y malquerientes del régimen.

De inmediato, los de siempre salieron a cobrar. Apareció la pistola humeante, la reina de todas las pruebas. Un periódico de los Estados Unidos —país al que por cierto ellos abominan— confirmaba que Álvaro Uribe es un criminal que dedicó los ocho años de su gobierno a perseguir, cual Rafael Leonidas Trujillo, a quienes no hacían genuflexiones frente a la seguridad democrática.

Prepararon los grilletes, pulieron las barandas de los estrados. Por fin Uribe acabaría su existencia en una putrefacta mazmorra.

Queridos amigos míos: siempre se cumple la máxima que indica que para las verdades está el tiempo y para la justicia, Dios. De manera inmediata el Departamento de Estado, la Embajada de los Estados Unidos en Bogotá y hasta la fiscal general colombiana se vieron obligados a desmentir la colección de infamias.

La persecución contra Uribe está tomando unos alarmantes visos demenciales. ¿A dónde quieren llegar? Por acabar con él, se van a llevar por delante buena parte de su benéfica obra de gobierno. Qué tristeza registrar que los rencores políticos e ideológicos hayan enceguecido al sector radical del antiuribismo que no se mide a la hora de actuar.

Quienes lo conocemos, sabemos que es imposible que Álvaro Uribe deje de hablar, de usar su Twitter para de defender su gestión al frente del Ejecutivo. Él es un hombre que está en campaña permanente. No será un expresidente apoltronado y dedicado a lanzar frases sibilinas o conspirando con su círculo más cercano en algún respingado café capitalino.

Aunque a veces cuesta interpretarlo, él entiende perfectamente para dónde va. Es hombre al que le irritan las estrategias y por eso se mueve siguiendo su fino olfato político y su agudo instinto. Como Confucio, sabe lo que es justo y es consciente de que no hacerlo resulta siendo la peor de las cobardías.

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