Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Destrucción de los ídolos

Se trata de uno de los sellos distintivos de las tres grandes religiones abrahámicas, donde cualquier expresión de lo sagrado alejada de los códigos establecidos y de las doctrinas dominantes puede reprimirse por mandato divino.

El libro del Éxodo (31:1) ofrece el ejemplo fundacional de la destrucción de los ídolos en la tradición judeo-cristiana. Aarón fundió un becerro con el oro y las joyas de los israelitas que escapaban de la tiranía de Egipto, pero Moisés lo destruyó después de su regreso del Monte Sinaí para que el pueblo elegido no olvidara que las deidades diferentes a Yahvé no tenían cabida en la verdadera fe. El segundo mandamiento lo sancionó para el resto de la posteridad: ‘no tendrás dioses ajenos delante de mí’.

El problema asumió una dimensión continental en América, cuando conquistadores erráticos invadieron un mundo desconocido al ritmo de una predica católica intransigente y útil para las coronas ibéricas. Las deidades de los Aztecas, los Incas, los Muiscas y los Mapuches fueron quemadas, sus libros sagrados destruidos y centenas de ellos fueron ahorcados y sometidos al suplicio para imponer a un dios que no aceptaba competencias. El teólogo español Gines de Sepúlveda llegó incluso a sostener que la invasión del Nuevo mundo podía justificarse en la necesidad de combatir una idolatría arraigada entre los indígenas, algo que en realidad era más el resultado de la conquista que su justificación, pero que permite vislumbrar bien la relación estrecha que se estableció entre la destrucción de los símbolos religiosos de las sociedades americanas y su conquista.

La destrucción reciente de las colecciones del Museo histórico de Mosul y de varias de las reliquias arqueológicas de la ciudad de Hatra se suma a un largo legado de arbitrariedad religiosa. En el caso de Mosul, mientras las estatuas fenicias eran destruidas con macetas, cinceles y taladros, un soldado del Estado islámico mencionaba frente a las cámaras que los Asirios, Acadios, y otros pueblos de la Antigüedad, poseían falsos ídolos que Mahoma había prohibido. De nada importó que ninguno de esos pueblos exista hoy ni que el Islam haya bebido de las fuentes persas y masdeistas encarnadas en esas reliquias. La palabra del profeta se tenía que cumplir.

Pese a la indignación que ha despertado en el mundo entero la destrucción de las piezas, sería un error pensar que este tipo de escenarios sólo ocurre en el Medio Oriente como consecuencia de un Islam radicalizado. Lo sucedido en Mosul y Hatra no constituye una prueba de las grandes diferencias que hay entre el Islam, el Judaísmo y el Catolicismo, porque de alguna manera demuestra lo contrario, es decir, la filiación estructural que existe entre las versiones fundamentalistas de las religiones monoteístas.

Por eso la lección es simple: la defensa pertinaz de una sola verdad, de una sola fe, y de una sola vía para vivir y creer conduce inevitablemente a la arbitrariedad y a la destrucción.

Ahí están los ídolos caídos recordándonoslo todo el tiempo. 

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