Por: Benjamin Barney Caldas

Detalles también hacen ciudad

Los sardineles separan las calzadas de los andenes.

En otras partes, éstos son bajos y de granito o metálicos, y el andén de piedra o simple asfalto, por supuesto no deslizante. El bordillo se encarga de la buena apariencia del conjunto. Aquí, donde trepamos los carros a los andenes, como bárbaros, tendrían que ser de unos 0,20m para evitar llenarlos de bolardos, y los sardineles deberían ser de hormigón reforzado de alta resistencia. Pero los hacemos con mezclas pobres que se desbaratan, y muy altos, volviéndolos feos y peligrosos. Con frecuencia los andenes se acomodan a los edificios y no lo contrario, por lo que no son continuos ni llanos.

En todas partes, los estacionamientos en las calles se rotan periódicamente liberando dos carriles en las de tres y dando continuidad a las de uno, lo cual agiliza la circulación y permite una mejor visibilidad al cruzar las esquinas, así como una fácil y rápida limpieza de las calles y el control sobre los carros estacionados. Desafortunadamente esta elemental medida no representa ningún negocio para los contratistas. Preferimos los puentes peatonales o llenar las calles de peligrosos “policías acostados”.

Aquí los semáforos no están “adelantados” ni “atrasados”. Están en la mitad del paso peatonal, señalado como irreconocible “cebra” que nadie respeta y que incluso las motos invaden. Además, éstos no tienen calculado un tiempo para los peatones, razón por la cual los carros no se detienen al girar. Los transeúntes se ven obligados, entonces, a correr o cruzar por detrás. La falta de sincronización de los semáforos entorpece la circulación y, en lugar de resolver el problema e instalar más, se piensa equívocamente que la solución es su retiro.

Y los separadores, necesarios para el tráfico rápido de doble sentido, se localizan en nuestras pocas avenidas, convirtiéndolas en inconvenientes e ineficaces autovías urbanas. En las avenidas de verdad, los árboles están en los andenes, permitiendo así perspectivas sobre la ciudad a lo largo de ellas. Los separadores impiden la continuidad visual de un lado al otro de la vía —máxime si están arborizados—, al tiempo que los andenes sin arborización dejan a la vista el desorden que suelen tener las fachadas de nuestras ciudades.

Estos pequeños detalles también hacen ciudad.

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