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hace 13 mins
Por: Julio César Londoño

Detectives de partículas

Se cumplió el pronóstico: EL martes, la Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de física a dos de los seis profetas que predijeron hace medio siglo la existencia del bosón Higgs, la partícula que inventó la materia en la primera milbillonésima de segundo del Big Bang.

Como nadie ignora, todo está hecho de bosones y fermiones; no hay más. Los bosones son los vehículos de las tres fuerzas que estructuran el universo: la gravitación, la nuclear fuerte y la electrodébil. Los fermiones son las briznas últimas de la materia. El agua, los cristales, las estrellas, la rosa, el colibrí y Caterine Ibargüen están hechos de bosones y fermiones en un orden precioso.

Junto con el neutrino (¿“masa oscura”?) y el gravitón (el hipotético vehículo de la gravedad), el bosón Higgs es una de las entidades más esquivas del fantasmal mundo de las partículas, esas simas donde hay más conceptos que sustancia, más ecuaciones que materia. Su existencia fue predicha en 1964 y los detectives de partículas de altas energías lo persiguieron en vano durante 48 años, hasta el 4 de julio de 2012, cuando fue entrevisto en medio del Big Bang a escala producido en un sofisticado subterráneo de 27 kilómetros de diámetro. El sospechoso tenía las características del bosón Higgs: era pesado y tenía una vida media muy corta. Luego fue plenamente identificado: era, en efecto, «el bosón providencial que apareció un instante en el Big Bang, trazó las leyes del cosmos y desapareció para siempre», como escribió un periodista con un pulso más firme que el del mismísimo bosón.

El origen de la materia está develado. La materia es una condensación de la energía del Big Bang por el influjo del bosón Higgs. ¿Y de dónde salió esa energía? De la nada, literalmente hablando. El espacio, el tiempo y la energía salieron de la nada hace 13.700 millones de años, segundos más, segundos menos. ¿Y qué había antes? La pregunta no tiene sentido. No hubo “antes”, por la sencilla razón de que no había tiempo. El universo, así, es el resultado de una fluctuación de la nada en ninguna parte y a ninguna hora. O en t = 0, si preferís. ¿Capisci? Usted dirá que todo esto suena asquerosamente metafísico, apreciado lector, pero eso es lo que hay.

Aunque cuesta creerlo, San Agustín había llegado a una conclusión similar 1.600 años antes sin el auxilio de las pesadas máquinas del subterráneo del Cern ni de las leves ecuaciones de los matemáticos.

Cuando le pregunta Evodio, su antagonista en Del libre albedrío, ¿qué hacía Dios antes de hacer el mundo?, San Agustín le contesta: «Se dedicaba a cavar hondos fosos para los que preguntaren tales profundidades». Luego, ya más calmado, el santo ensaya otra respuesta: «La Nada; antes de la creación Dios hizo la Nada». Pero quizá notó que el uso del adverbio “antes” comportaba una contradicción porque suponía la existencia previa del tiempo, y estampó con pluma iluminada: «El universo no fue creado en el tiempo sino con el tiempo».

Las religiones resuelven el problema del “primer motor” postulando la existencia de un Dios eterno, una potencia increada que un buen día saca de la manga, como cualquier astrofísico, soles y lunas, aves y peces.

Con todo, y desde mi atónita perplejidad, reconozco que el Big Bang es menos fantástico que el Génesis. Que unas partículas salgan de la nada, es un presupuesto que podemos deglutir con menos esfuerzo que el requerido para concebir a ese Dios complejísimo que ha existido siempre y que un buen día, digamos en t = 0, saca de la manga inconsútil flores, estrellas y bosones. Para decirlo en términos académicos, un bosón es un postulado más económico que un jehová.

 

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