Por: Andrés Marocco

Detrás de la raya

Hace carrera descargar la responsabilidad de los resultados en los jugadores, que obviamente si no quieren, no salen a ganar.

Ya se ha tratado en esta columna el papel de los directivos, por eso hoy quiero llamar la atención hacia los directores técnicos. Hay quienes aseguran que la injerencia de los ‘místeres’, como les dicen en España, no pasa del 20% en el éxito o fracaso. No estoy de acuerdo.

Si no fueran tan importantes, ¿por qué siempre los sacan primero que a los demás? Son los malos de la película sin que salgan los créditos ni aparezca el león de la Metro rugiendo. Para no seguir pagando los platos rotos el D.T. debe cumplir a cabalidad con su rol de cabeza de grupo, del que sabe y el que motiva, del que exige pero también entiende al jugador y al que lo contrató.

La semana pasada los entrenadores de Ecuador y Croacia pecaron por bocones y sus seleccionados lo sintieron de tal manera, que la goleada pronosticada por Vizuete sobre Colombia no apareció y casi pierde. Por otro lado, la superioridad pregonada por Bilic nunca se vio ante Turquía, que devolvió a la casa a los ajedrezados.

 Un comentario desacertado, una mala decisión, un cambio erróneo puede costar una derrota. Los técnicos buenos se equivocan poco y asumen compromisos, no culpan a los jugadores y se preparan para mantenerse vigentes. Son prudentes y nunca subestiman rivales, no se dejan manosear por los dirigentes.

Ya la época de los malos tratos y las referencias despectivas está en el olvido. El ‘profe’ moderno es un tipo asequible, se le puede hablar, se  puede disentir con él, pero es el jefe y como tal el jugador lo tiene que respetar en sus directrices y lineamientos, en los entrenamientos y en la cancha.

Los mejores, como Mourinho, Hiddink, Ferguson, Wenger o Scolari, jamás escurren el bulto, nunca abren el paraguas, siempre asumen sus errores y dignifican sus muchachos. Es hora de darle la importancia que se merecen a los que se paran en la raya, así los árbitros los hagan sentar, y que ellos se consoliden en su espacio liderando procesos menos cortoplacistas sin presiones de estómago, recibiendo proyectos coherentes con los hombres que ellos escojan.

En la medida que al buen técnico se le deje trabajar en estos torneítos de tres meses, los números empezarán a sumarse y los malos, que los hay también, se capacitan o se van. El famoso 20%, mediocre por cierto, se modificará y el discípulo en la grama entenderá el mensaje y entregará puntos al por mayor.

 

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