¿Aislamiento inteligente o prolongar la cuarentena?: Iván Duque responde

hace 1 día
Por: Jaime Arocha

Detrimentos irresponsables

Con respecto al Centro Nacional de Memoria Histórica, me pregunto si su director no es responsable de detrimento patrimonial monetario y simbólico. Ha tendido a desdeñar los cinco años de investigación interdisciplinar que fundamentaron el guion del que se llamaba Museo de Memoria Histórica, incluyendo la prioridad que les daba a las víctimas y a la construcción de la paz. Además, trivializó los tres lugares emblemáticos que el guion museográfico había priorizado para documentar los efectos perversos de la guerra, a saber, cuerpo, tierra y agua. El dolor por un abominable desperdicio de dinero y talento me surgió al leer a Cristina Lleras Figueroa y a Sofía González Ayala, quienes durante los últimos diez años obtuvieron sus doctorados en las universidades de Leicester y Manchester, respectivamente, investigando cómo lograr representaciones museográficas que les dieran prioridad a quienes Eduardo Galeano llamó “los nadies”. No solo se han propuesto revelar aquellos logros de ellos que por años la hegemonía ha ocultado, sino hacerlos protagonistas de lo exhibido, mediante su presencia y la de sus palabras, emociones y pensamientos. Sería fácil llamarlo censura. Detrás de los cambios del guion de Museo de Memoria en Colombia es el título del ensayo que Lleras fundamentó en la teoría y práctica de la museología de derechos humanos. Y “Voces para transformar a Colombia”, el curar inacabado de las memorias sobre el conflicto armado el que González escogió para una publicación que le da prioridad al papel de etnógrafa quien se observa a sí misma en el proceso de relacionarse con las víctimas y visitantes que actuaron como conarradores del guion de la exhibición que con ese nombre se presentó en las ferias del libro en Bogotá y Medellín**.

Pese a haber asistido a la exposición que tuvo lugar entre el 17 de abril y el 2 de mayo en la Filbo, yo no tenía conciencia de que a Voces la había sustentado un conjunto de investigaciones tan robusto. Tuvieron lugar entre 2013 y 2018, incluyendo el proyecto que de acuerdo con Lleras lideró el Cinep referente a la “estrategia de inclusión y participación ciudadana (…), el cual tuvo como resultados un total de 35 encuentros locales, 12 encuentros regionales y tres encuentros nacionales, en los que participaron 1.700 personas e implementaron un total de 874 encuestas a víctimas sobre sus percepciones y expectativas frente al Museo”. Sin embargo, esas indagaciones no se detuvieron con el montaje de esa exposición, ni con la de la Feria del Libro y la cultura celebrada en Medellín en septiembre de 2018, sino que incluyeron las reflexiones sobre la manera como los públicos asistentes interactuaban con las piezas que fueron exhibidas, dentro de una museología poscolonial para la cual un museo no es un producto, sino un proceso que debe llevar a la conmoción, la reflexión, el diálogo y la reacción, hacia un activismo en pro de los derechos humanos.

Como lo ha anunciado el historiador Acevedo, el reemplazo de esta propuesta consistirá en un enfoque sobre militares y veteranos a partir de bellos objetos que comprará o que los artistas donarán. La colocación de la primera (¿?) piedra de esa construcción dio indicios de lo que viene: una franja de asientos desocupados separaba al presidente Duque, a Acevedo y a los militares de las víctimas. Explicaron que el espacio estaba reservado para congresistas que no habían llegado. Sin embargo, el vacío perfeccionaba el retrato que Lleras le tomó a Acevedo cuando se refirió a “la reacción adversa a su discurso por parte de las comunidades indígenas participantes en el lanzamiento del Informe Nacional de Pueblos Indígenas, el pobre acompañamiento a las familias de Bojayá, quienes en noviembre de 2019 organizaron (…) rituales (…) para enterrar los restos de las víctimas exhumadas… actitud (repetida) a principios de 2019 en la inauguración de El Mochuelo, el museo itinerante de los Montes de María, donde no sabía quiénes eran las familias y las personas, no interactuó con ellas y se marchó del lugar apenas le fue posible”.

Por si fuera poco, afectó el patrimonio simbólico al burlarse de los tres ejes del museo que sepultó: “poner a hablar un río… perdónenme muchachos, eso está muy bien para una obra literaria, una poesía…” (Noticias UNO, noviembre 2 de 2019). No pretendo abundar sobre la crítica que otros académicos le han hecho a esas palabras, sino llamar la atención de que ese cimiento particular hubiera consistido en el espacio para los animistas, esas personas tejidas con la naturaleza para quienes los objetos y seres de ella tienen dueños espirituales y almas con las cuales tenemos la obligación de dialogar en procura de los permisos para usar eso que en occidente llaman “recursos”. En el documental El sendero de la anaconda, el galardonado antropólogo y hoy ciudadano colombiano Wade Davis explica que a ese modo refinado de relacionarse con el mundo lo rigen la reciprocidad, el intercambio, la obligación y la responsabilidad. Así no es de extrañarse que él haya argumentado que la superación de la actual crisis ambiental depende de que el Estado colombiano amplíe los dominios de esa visión del mundo, así como las reservas y parques naturales que le devuelvan a la Amazonia su extensión hasta el Atlántico. Yo habría hablado del Caribe, y al mismo tiempo hubiera urgido la inclusión del Pacífico con sus cientos de miles de víctimas indígenas y afroanimistas, asentadas en causes ribereños, quebradas, ciénagas y humedales, cuyo asesinato y destierro agravan el ecocidio actual de ese otro patrimonio irremplazable.

*  Profesor de Antropología, Universidad Externado de Colombia. 

** Revista colombiana de Antropología, volumen 56, Nº 1, enero-junio de 2020.

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