Por: Tulio Elí Chinchilla

Devociones locales

CON DESPECTIVO GESTO INTELECtual miramos a veces ese florilegio de devociones locales, llamativas expresiones de religiosidad popular del mundo católico.

Rompiendo un poco la coherencia con el discurso monoteísta, estas creencias nacen en pueblos y villorrios y a veces van expandiéndose hasta convocar romerías de feligreses provenientes de lejanas tierras en busca de ese consuelo que de ninguna otra manera ellos podrían conseguir.

¿Por qué descalificar como “ignorancia popular” la adhesión a la Virgen de Guadalupe en México, a la del Cobre en Cuba, a la Virgen Moreneta en Cataluña? ¿Acaso la Virgen de Chiquinquirá no inspiró bellezas tales como la Guabina chiquinquireña y el torbellino Viva la fiesta? ¿No resulta conmovedor el hondo arraigo de la devoción a la Virgen de las Lajas, a Nuestro Señor de los Milagros de Buga, al Santo Ecce Homo de Valle de Upar y al Jesús Caído de Girardota? Resulta diciente que un irreductible librepensador como Alfonso López Michelsen dedicara buenas páginas a estos fenómenos provincianos y enalteciera, entre otras, la imagen milagrosa de la Virgen del Rosario de Río de Oro (Cesar), que atrae devotos desde mediados del Siglo XVII. ¿No es maravilloso que en la guabina Tardes sobre el río el huilense Luis Alberto Osorio cante: “a la Virgen del Pilar que es mi devoción, ella aparta mis tristezas y a mi morenita cuida con amor”?

Expresiones de fe local continúan surgiendo: en Medellín, en la Avenida del Poblado (sector in por excelencia, “milla de oro”), durante el último decenio la imagen mariana empotrada en una gruta ha venido ganando, como irresistible imán, una afluencia creciente de creyentes (no hay taxista que, al pasar, le niegue un gesto reverente).

Nuestra sociedad cientificista, labrada en procesos intensos de laicización, tiende a estigmatizar estos fenómenos como primitivos y embrutecedores, proscribe el concepto mismo de milagro. Una mirada menos intolerante, en cambio, podría valorar estas religiosidades como riqueza cultural. En defensa de la legitimidad vital —no de su validez— de estas fes podría citarse a Gómez Dávila cuando, con profundidad lacónica, dijo: “Todo lo que haga sentir al hombre que el misterio lo envuelve, lo vuelve más inteligente” (Escolios, p. 180). Y no hay fundamento lógico para negarlas científicamente, porque “Religión y ciencia no deben firmar pactos de límites sino tratados de desconocimiento mutuo” (Escolios, p. 176).

Wittgenstein —considerado el más lúcido pensador en el ranquin filosófico del Siglo XX—, en conferencia en Oxford (1930), previno sobre la actitud intelectualista, ultrarracionalista sobre las vivencias y los gestos ético-religiosos. Reconociendo los límites de la razón, que son los del lenguaje, dijo: “Mi único propósito —y creo que el de todos aquellos que han tratado alguna vez de escribir o hablar de ética o religión— es arremeter contra los límites del lenguaje. Es arremeter contra las paredes de nuestra jaula”. A su juicio, la convicción ética, al igual que la religiosidad, son “un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría”.

 

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