Por: María Antonieta Solórzano

Devolver el golpe o… educar

Ser capaz de responder a la agresión devolviendo el golpe, parece ser una creencia necesaria para definir las relaciones que determinan la estructura socioeconómica del mundo: el 80% de la gente vive en la pobreza y menos del 2% en condiciones de lujo.

Desde las conversaciones en el jardín infantil hasta los análisis de acontecimientos tan complejos como la respuesta al ataque a las Torres Gemelas, nuestra tradición cultural aprueba que si alguien nos ataca debemos mostrar que somos capaces de contraatacar.

No es raro que, cuando Pablito E. llega del colegio con la noticia de que se han burlado de él, reciba un consejo: “No puedes dejarte de nadie, tienes que mostrar que también puedes hacerles, por lo menos, lo mismo”.

Tampoco es extraño que, si por alguna razón, la familia no cree en la venganza y sugiere algo como: “Vamos al colegio para generar formas de reflexión”, la misma víctima diga: “No. Ni se les ocurra, después de esto sí que van a creer que soy un incapaz”.

La idea es que el niño, el adulto o la comunidad “víctima” logren mostrar que también pueden devolver el golpe. En nuestro ejemplo, Pablito habría ganado el respeto de los compañeros, aunque después forme parte de matones de la sociedad.

Después del doloroso ataque a las Torres Gemelas comienza la Operación Libertad Duradera contra el régimen talibán: aviones de los EE. UU. y del Reino Unido bombardean Afganistán, el Senado estadounidense aprueba la ley antiterrorista y se pone fin al régimen que dominaba a ese país del Oriente Medio. Aquí también el respeto y la dignidad como un privilegio de los que dominan se salva. Pero, ¿será que vale la pena salvar una tradición cultural en la que el 80% de la gente vive en la de pobreza?

Nuestro país con sus cuatro millones desplazados, sus escándalos de corrupción, la inseguridad en las calles, las poblaciones marginadas, el maltrato infantil, nos invita a pensar que devolver el golpe no nos ha servido.

Necesitamos creer con el corazón y no sólo con la cabeza que la violencia hay que detenerla con mecanismos educativos. La máxima de Gandhi debe resonar: “Estoy listo a morir por mi causa y no estoy listo a matar por ninguna causa”.

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