Por: Mauricio Botero Caicedo

Devolver el tren de la historia

El perfecto idiota latinoamericano es aquel pedante que con indignación observa: “La prueba reina del imperialismo comercial es que hace 50 años se podía comprar un tractor con 100 sacos de café y hoy se necesitan 200 sacos”.

Pero resulta que la sentencia —que dejaría pasmado a un auditorio de mamertos— es patentemente falsa, ya que si bien un saco de café sigue siendo exactamente el mismo saco de café, el tractor es sustancialmente diferente: tiene bastante más caballaje, torque, autonomía y consume menos combustible; y la moderna transmisión le permite arrastrar implementos agrícolas más pesados y complejos. Sólo en los últimos años, y con un esfuerzo admirable, algunos cafeteros, con calidad, le han dado valor agregado a su café verde.

Aquellos que aplaudían la tesis arriba descrita, exigiendo la autarquía comercial, forman parte de los adeptos a las ‘Teorías de la Dependencia’. En esencia, lo que estos perfectos idiotas han sostenido, como de manera sucinta lo explica Carlos Alberto Montaner, es que “América Latina es pobre y subdesarrollada porque los poderes imperiales, especialmente Estados Unidos, le chupan la sangre, es decir, la explotan. ¿Y cómo la explotan? Pues comprándole sus recursos naturales a precio de saldo, vendiéndole productos manufacturados muy caros y no dejándole desarrollarse”.

Estos perfectos idiotas hace unos meses sufrieron un revés, un trágico revés: el mesías de las ‘Teorías de la Dependencia’, el uruguayo Eduardo Galeano, públicamente ha rectificado y con gallardía ha confesado que su juventud no le permitió entender que la mayoría de las tesis que exponía en su libro Las venas abiertas de América Latina eran tonterías. Concretamente, Galeano confesó que cuando lo escribió, en una prosa que ahora le parece mala, era muy joven y no sabía nada de economía.

El texto de Galeano, durante muchas décadas considerado como la Biblia de la izquierda continental, era el libro que el finado Hugo Chávez le regaló al presidente Obama cuando se encontraron en Trinidad en 2009. En ese momento el venezolano declaró que el libro de Galeano le había ayudado a entender la realidad latinoamericana.

La inexplicable tragedia es que la oportuna rectificación de Galeano no parece haber calado entre la izquierda, y mucho menos dentro de los intelectuales. Relata el historiador Todd Buchholz que Marx afirmaba que cuando el tren de la historia atravesaba una curva, los intelectuales salían despedidos. Me temo que en Colombia buena parte de los intelectuales sencillamente no están enfrentando el hecho que el tren de la historia está dando un irreversible viraje comercial y demográfico. Este es un país radicalmente diferente a lo que era hace 50 años, como lo demuestran con singular elocuencia las estadísticas de urbanización: mientras la población se ha doblado, el porcentaje que habita en las ciudades ha pasado del 50 al 80%. Para 2020, el 90% será urbano y en 2050 posiblemente sólo el 2% de la población sea campesina. El problema es que la guerrilla, que hace más de 50 años está enterrada en el monte, mantiene una visión de un comercio sin ‘libres tratados’ y una idílica del campo a lo Rousseau en que supuestamente 15 millones de campesinos, en pequeñas parcelas, van a otorgarnos ‘paz social’ y ‘seguridad alimentaria’. Ambas premisas, que pertenecen al siglo XIX y no al XXI, son falsas y falsificadoras de utopía. Las Farc en La Habana pretenden negociar lo innegociable: ¡Devolver el tren de la historia!

 

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