Diario del fin del mundo

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Después del huracán que destruyó Providencia y del dolor de esas imágenes, el país empezó a disolverse como terrón de azúcar. El agua es imparable, las lluvias no cesan. Las imágenes del arroyo en el parque El Virrey, en Bogotá, me hicieron pensar en una extensión urbana del río Magdalena. Desbordamientos, inundaciones. En la Guajira, en el Chocó, en el Catatumbo. Muertos y desaparecidos, torrentes que se llevan el ganado, los carros y de vez en cuando a alguna persona inerme. Es como una maldición bíblica y me pregunto: ¿serán los anuncios preliminares de la llegada del fin del mundo? Entonces decidí inaugurar un cuaderno con el siguiente título: “Cosas para hacer en la tarde, antes del fin del mundo”. Escribí algunas cosas: “Acabar de leer por fin el último tomo de En busca del tiempo perdido, de Proust, que nunca terminé”. O también: “Irme a vivir para siempre a la India”. Alguna vez pensé (o anhelé) que el fin del mundo me sorprendería en un avión y que, por eso mismo, alcanzaría a disfrutar de una parte del espectáculo desde lo alto. Eso me permitiría alcanzar al menos una vez y a modo de despedida lo sublime, que según la definición de Kant consiste en “la contemplación de lo terrible, pero desde un lugar seguro”.

Luego la realidad del país volvió, terca, a arruinar mis ensoñaciones literarias. Si los aguaceros y tormentas del fenómeno de La Niña están disolviendo a Colombia, cuya tierra firme parece sostenida por raíces de árboles centenarios y huesos de entierros clandestinos, el fenómeno del niño presidente acabará con el resto e incluso vaticino que iremos “de niño en niño”, pues ya se nos prepara para la inminente candidatura de Tomasito Uribe. Ese grupo de presión económica, creado por ganaderos, empresarios, paramilitares, banqueros e iglesias evangélicas, llamado Centro Democrático, organización con ánimo de lucro, no puede permitirse perder el botín del Estado en 2022. Sería trágico para sus finanzas. Por eso deben consolidar a toda costa un gobierno Uribe V y al parecer la única solución es ese muchacho, que, eso sí, ya podría ostentar el récord de ser el joven latinoamericano que se hizo multimillonario en menos tiempo, aunque, según jura, sin beneficiarse de “información privilegiada” ni contrataciones con el Estado del que su papá ha sido dueño. Él dice que no quiere ser presidente, pero ya declaró a la edición en español de Fox Week que el costo de la JEP, sobre cuatro años, equivale a “una reforma tributaria”, y que eso es mucho y hay que acabarlo. Mejor invertir esa platica de otro modo y él debe tener suculentas ideas. Creo que el uribismo criollo lo aclamará.

También aclamará a Néstor Humberto Martínez en la embajada en España. La encerrona en la que, según informes de este periódico, colaboró su Fiscalía contra Santrich, para golpear el proceso de paz y sembrar un manto de dudas que acabó con el regreso a la clandestinidad de Iván Márquez, ¿no debería ser suficiente para merecer el honorífico cargo de emisario de este Gobierno ante cualquier reino? Recordemos que el embajador es un representante directo del presidente y de su Gobierno. Néstor H. no representaría en Madrid los intereses de Colombia, pero sí los del uribismo. Dos cosas distintas. No olvidemos que para eso son las embajadas.

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