Por: Columnista invitado

Días de odio

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro*

En la novela urbana titulada El día del odio, el controvertido escritor bogotano José Antonio Osorio Lizarazo relata los hechos acontecidos durante el Bogotazo ese famoso 9 de abril de 1948. La elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, y su deseo inmediato de “pacificar” el país, no sólo han dado mucho de qué hablar, sino que además son una prueba real de lo que podrían llegar a ser días de odio desde el poder. Aunque la elección responde a la evidente corrupción vivida en su país en los últimos años y existe la posibilidad de que como presidente Bolsonaro amaine su verborrea violenta, misógina y excluyente, no hay que minimizar, y mucho menos olvidar, su defensa a las doloras experiencias de la dictadura militar.

Mi intención no es centrarme en Bolsonaro. Mi deseo es reflexionar sobre cómo, desde hace mucho tiempo, la sociedad colombiana vive con preocupante frecuencia “días de odio” promovidos por aquellos que nos gobiernan sin que ésto parezca preocuparnos demasiado. Como en Brasil, nosotros también decidimos en su momento elegir el discurso y la actitud guerrerista de Uribe, miramos con cierta indiferencia la desfachatez de un corrupto como Samuel Moreno, nos dejamos meter el cuento del doctorado de Enrique Peñalosa, nos tragamos casi entero el discurso del senador Macías, observamos atónitos la elección de Alejandro Ordóñez como representante de Colombia ante la OEA y seguimos atrapados en este espiral de los que tienen el poder.

Los días de odio llegan cuando a las personas que nos gobiernan les importa un pito lo que pase con nosotros. Todo se convierte en promesas vacías y violentas, cuyo único fin es manipularnos, engañarnos y hacernos creer que todo es por nuestro bien y que menos mal alguien se preocupa por nuestros intereses. Si somos sinceros con lo que vemos a diario, es necesario prender las alertas. Nunca es tarde para manifestar el desacuerdo con lo que sucede a nuestro alrededor, como bien se hizo sentir hace poco con las respetuosas marchas en defensa de la educación pública. Nunca es tarde para promover desde nuestras actividades cotidianas miradas diferentes que pongan en evidencia a quienes hacen del odio un instrumento populista de convicción.

Pese a tener el apoyo y la presión de muchas personas a las que no les interesa lo que pase con la sociedad colombiana, el presidente Duque ha dado muestras de ser una persona ponderada, cuyas intenciones parecen ir bien encaminadas. No obstante, para que estas intenciones se hagan realidad, no sobraría ver al presidente y a su equipo de trabajo un poco más presentes en los debates neurálgicos que afectan hoy en día el diario vivir de los colombianos.

En particular, y desde tiempos inmemoriales, son pocas las personas que, dentro de la estructura institucional, le hablen a la sociedad colombiana desde una perspectiva pedagógica. Cuánta falta nos hace que los encargados de dirigir la política nos hablen al oído en clave educativa. Cuánta falta nos hace que exista desde el gobierno una preocupación abierta, sincera y transparente por todos esos temas relacionados con el respeto por la diversidad, la búsqueda de la no violencia en la vida cotidiana, la lucha contra el machismo, el uso incorrecto de las redes sociales, la evidente falta de preparación de muchos de nuestros jóvenes, la sociedad clasista en la que vivimos, la corrupción a la vuelta de la esquina, los efectos nocivos del glifosato en la salud, entre otros temas de similar trascendencia.

Es importante que los que están ahí se hagan más visibles y enseñen con sus actos, sus palabras y sus obras. Es importante que aprovechen esos instantes de fama en el “poder” para desafiar a los que promueven días de odio y luego terminan siendo embajadores, senadores y, como Bolsonaro, hasta presidentes.

* Consultor e investigador en educación / University of Education, Freiburg (Alemania)     

 

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