Días de reflexión

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No sé qué puedan sentir respecto del paro nacional mis generosos lectores. Algunos serán sus convocantes, otros sus opositores. Muchos habrán sentido entusiasmo, otros indignación y quizás la mayoría todavía tienen una sensación de incertidumbre frente a las consecuencias de una movilización que combina elementos novedosos con las tradicionales formas de protesta.

Para mí, estos días han significado un proceso profundo de reflexión, un período de introspección sobre nuestro país y sus instituciones, así como también un esfuerzo intenso para comprender y caracterizar las cualidades y defectos de una nueva ciudadanía que reacciona de manera imprevisible ante su propia actualidad. Algunos dicen que todo esto es la consecuencia del uso masivo y desmedido, hasta mentiroso, de las redes; otros afirman que es apenas una consecuencia de la democratización de la información, y muchos más opinan que tiene que ver con la indignación acumulada en un país en el cual, aun con tantos males, reinan de manera sobresaliente la inequidad y la injusticia.

He visto con inspiración la cerrada convicción y la pasión orientadas a una causa de algunos manifestantes. Pero también me ha sorprendido la escasa capacidad en el ambiente para reconocer que nuestro país ha progresado y que, a pesar de la distancia que aún existe entre la realidad y nuestras aspiraciones, Colombia es sin duda un país mejor del que teníamos hasta hace apenas unos lustros. Veo con preocupación, entre otras cosas, la manera en que la polarización se ha convertido en odio, y si bien somos empáticos con el dolor —por ejemplo, el de la familia de una víctima de la tensión callejera—, contradictoriamente somos capaces de empujarnos a unos límites de acción que nos ponen a todos en peligro y no miden consecuencias. Es curioso ver cómo se reclama diálogo y empatía con unas causas que defendemos, pero al mismo tiempo nos cuesta trabajo incluso aceptar que es posible que pocos o muchos puedan pensar distinto.

Me he puesto a pensar qué le falta por aprender —o lo que no aprendió— a una generación que de lejos es la más educada y con mayores oportunidades de la historia de Colombia, y las razones por las cuales parece tener una aproximación de mayor intolerancia frente a las injusticias que muchos hasta ahora hemos venido soportando estoicamente. Al mismo tiempo he reflexionado sobre lo que mi generación debe desaprender y lo que debe atender como un valioso aporte de las generaciones subsiguientes.

La verdad, no sé si estemos frente a una rebeldía transitoria o frente a una silenciosa revolución que apenas da sus puntadas iniciales. No estoy seguro de si las instituciones están en proceso de reinvención o simplemente terminarán siendo reemplazadas por su incapacidad de adaptarse a las nuevas realidades. No tengo claridad todavía para afirmar que estos cambios nos llevarán a una época de prosperidad y a un período de mayores libertades, o, por el contrario, simplemente es el preludio de un período de sectarismos, persecuciones y totalitarismos en nombre de la democracia.

De lo que no tengo duda es que hay más acción que reflexión, y que todavía no tenemos plena conciencia del destino hacia el cual nos estamos enrutando.

@NicolasUribe

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