Diatriba al pelo liso

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“No quiero ser crespuda, papá, yo quiero ser lisuda”, se quejaba un día mi hija Sofía cuando se peinaba sus bucles recién salidos de la ducha. Se pasaba una y otra vez el cepillo ilusionada con que su pelo ensortijado se convirtiera en un manto sin ondulaciones, obediente a la ley de la gravedad. Y claro, pensé, cómo no iba a querer un pelo liso, como el de la mayoría de las personas, si ser crespo es vivir expuesto a la burla en una cultura Disney, de princesas de pelos lacios, largos y brillantes.

“Pelo de guaya”, “pelo de cabuya”, “pelo de cuca”, “pelo de negro”. Son algunas de las frases que oí en mis años de colegio. Frases clasistas, machistas y dramáticamente racistas. Y es que los crespos somos una minoría pocas veces comprendida. La cultura nos ha obligado a sentirnos inseguros de nuestra naturaleza y, por lo tanto, a ocultarla, disimularla, atenuarla. El pelo liso está hipervalorado. Lo vemos en los comerciales de champús, en los que, el 90 % de las veces, la muestra de la eficiencia del producto es una cabellera reflectiva y llana. Tal vez por esa exclusión publicitaria es que me sienta tan mal el champú. Lo uso en días de poca actividad social, mientras pasa el efecto de la pantera rosa recién salida de la lavadora.

Ser crespo en una sociedad como la colombiana es una odisea emocional y psicológica. Aquí abundan los lisos, de nacimiento y de producción. Ambos enseñados a la burla fácil del perseguido pelo rizado. Fanáticos de la uniformidad y de los referentes de la sociedad del consumo. Difusores de la sociedad homogénea y de los estándares de belleza occidental, agringados por supuesto, porque no hay una cultura más negacionista de la diversidad que la que hace presidente a un mamarracho como el del peluquín, liso y blondo, claro, que legitima y promueve el asesinato de los george floyd.

En mi adolescencia me avergonzaba ser crespo. Por años usé una cachucha –si se me permite esa palabreja– que cumplía dos efectivas funciones: ocultaba el pelo y lo domesticaba; lo aplanchaba de forma que cuando me la quitaba, milagrosamente, lograba la aceptación social. He conocido crespos de todos los pelambres –vale bien aquí la expresión– que han escondido su pelo por muchos años mediante creativos, costosos y hasta dispendiosos medios. Desde las que se despiertan con tiempo de anticipación para aplancharse y dejarse el peinado de trucha, hasta los que cargan cremas de peinar en la maleta para adiestrar sus crespos a lo largo del día. También conocí a alguno que, aun con un corte al ras, todos los días se echaba champú. Presumo que alguien le dijo que lavándose “bien” el pelo lograría dominar sus chutos, aun cuando no tengan más de dos centímetros de longitud. Supe de alguno que prefirió hacerse rastas para ahorrarse la molestadera de sus amigos.

Muchas son las mujeres cuyos pelos crespos vine a descubrir al salir de la piscina. Han pasado la vida con una plancha entre la cartera, madrugando en silencio, despertándose inseguras de su realidad capilar. Incluso he identificado un patrón que puede acuñarse como adagio: más difícil que encontrar un crespo en Medellín. Y es que nacer rufo en una cultura como la paisa es doblemente difícil. Allá, donde los estereotipos de belleza son tan cerrados y dominantes, he pasado horas en un café fijándome en los pelos de los transeúntes. Las crespas son una rareza absoluta. Es el reinado de la plancha, el blower y la keratina. Una técnica que dominó el feroz tigre Falcao, quien, seguramente, al levantarse no era más que un gato asustadizo y terminó por recurrir al alisado permanente para no sentirse frágil ni en la cancha ni en la cama.

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