Por: Esteban Carlos Mejía

Diatriba antimesiánica de parranda santa

Vi los resultados de la encuesta Polimétrica sobre las elecciones del próximo octubre y quedé feliz, no me jodan la vida.

En todas partes pierde Uribe. En Medellín, su candidato directo ni siquiera es tercero, penúltimo, a más de 13 puntos del primero y apenas 2 puntos por encima de los últimos. En Cali, un fulano cercano al autodenominado Centro Democrático ocupa el 5° puesto. En Bucaramanga, su precandidata no aparece por ningún lado. En Barranquilla, Uribe espanta. Y en Bogotá el indescriptible Pachito es 3°, quién se iba a imaginar semejante mejoría. Todo puede cambiar, cierto. “La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Pero por ahora, para mi gusto, las noticias son excelentes.

Cada vez se hace más y más patente que Uribe es derrotable. Menciono dos razones. Primera, su desprestigio va en expansión, como el universo. Su actuación como senador ha sido insulsa, por no decir paupérrima. Sus trinos en Twitter sólo entusiasman a los fanáticos más fanáticos. Sus líos con la justicia no paran ni pararán. El descrédito lo quema como a un rey sin corona. Y segunda, el pobre capataz, a pesar de su presunta inteligencia superior (dixit José Obdulio), no tiene ni tendrá el don de la ubicuidad. No podrá estar al mismo tiempo en Medellín y Bogotá, por ejemplo. El truco que le funcionó en las elecciones legislativas del año pasado, enfrentar su figura expresidencial a senadores pueblerinos, no le servirá en octubre. Sus clones y zombies tendrán que batirse por sí mismos con candidatos independientes, gamonales y maquinarias territoriales bien aceitadas. Repito, Uribe es vencible, perfectamente vencible.

Ahora bien, como Colombia es un país de maniqueos, debo advertir que no estoy con Uribe ni con Santos. Soy otro “ni ni”. A mi manera, eso sí. Con la nariz tapada voté por Santos. Me dio susto que Zurriaga ganara. Eso no significa, ni de lejos, que me guste la Unidad Nacional. Para mí, Santos encarna los intereses neoliberales de la gran burguesía colombiana, unidos por el lucro, el agio y la especulación a los designios de las transnacionales más atravesadas. Ha hecho un gobierno mediocre, gago y cojo, engolosinado en los misterios de la mermelada, inseguro y sin audacia. A Uribe, en cambio, le sobra temeridad, en especial con las manos en el fuego por sus buenos muchachos, casi todos presos o prófugos de la justicia. Su proyecto político es terrateniente y semifeudal, una regresión sin reversa. Santos es pésimo, pero, creánme, Uribe es peor. Sus tres huevitos podridos (la seguridad seudodemocrática, la desconfianza inversionista y la cohesión antisocial) nos hicieron más daño que el proceso 8.000 y el Caguán juntos y revueltos. Uribe es tan subversivo como las Farc. Quiere cambiar el Estado Social de Derecho, tipo Constitución del 91, por un sedicente Estado de Opinión en el que, supongo, sus caprichos e insolencias sean la única norma, la ley del más fuerte.

Hace un tiempo el senador Jorge Enrique Robledo dijo que Uribe no le daba ni calor ni frío. Dios lo perdone. A mí, como a millones de colombianos, Uribe me da escalofrío. Por eso los resultados de las encuestas electorales más recientes me parecen tan buenos. Muy buenos. ¡Buenísimos! ¡Por fin se le está rayando el teflón al falso Mesías!

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