Por: Cristo García Tapia

Diciembre es así

Sobre un suelo que empieza a cubrirse ya de polvo, se esparcen profusamente hojas amarillentas, rojizas casi, de un otoño que nunca llega.

Hojas de almendro que el viento ni siquiera se molesta en desprender, ellas se dejan caer por la fuerza de su ánima vegetal cansada de vagar entre ramas.

De suspirar sin esperanza por un otoño remoto, incapaz de aposentarse entre el verde rotundo del invierno y el pardo marchito de un verano que hace apenas siete días empezó a rondar por los alares de esta casa solariega que llevo como un caparazón de amor sobre mi vida entera.

Diciembre es así.

Un verano tímido, lento y parsimonioso, que poco a poco se va metiendo entre las cosas, hurga en el rústico fogón cenizas de otro tiempo, algún tizón que alumbra memorias de una infancia que nunca acaba de pasar.

Canción de luz que en lo más hondo del alma deja de oír su inasible melodía; colores invisibles de un arcoíris que apacigua tempestades y truenos.

Lluvia que en lo más alto del verano deja caer sus gotas, humedad de párpados en los que germina el cielo; flores amarillas con aromas de eternidad que espantan por instantes, como soles, el aire de vejez que nos habita.

Diciembre es así.

Una mujer de tez blanca, de ojos verdes, que vuelve de su infancia cada noche para contarnos cuentos de luna y bosques; de pájaros y reinas de trapo.

Y al alba, papá calzando sus abarcas, vistiendo sus coletas, preparando con sus manos de campesino un pan para los hijos y mamá. Un pan que se multiplicaba siempre; que nunca fue amargo ni duro, aunque parco muchas veces.

Una calle, larga y polvorienta, poblada de almendros y matarratones por la que corría descalzo, jugaba con bolas de trapo y echaba a volar mis ilusiones para que las devoraran las alturas como aquellos barriletes que elevaba tras el patio.

Diciembre es así.

Las vecinas de la calle barriendo las mismas hojas de los mismos árboles; mamá espantando con sus ojos cualquier ventarrón de tristeza que pudiera venir con los alisios; derrotando con su fe la indiferencia de Dios, su prolongando olvido más allá de su infinita y proclamada bondad.

Más acá de la casa y de sus cuatro costados, los vivos y los muertos; los que partieron un día con la promesa de volver y nunca más han vuelto a suspirar cercanos; los olvidados que vuelven en esta memoria fugaz de diciembre.

Y luego, vuelen a ser olvido; neblina que se desvanece por las madrugadas de otra edad. Alguien que se va por los patios, entre cantos de gallos lejanos.

Diciembre es así.

Muertos amados envueltos en sudarios de ausencia, ajenos por completo al estrépito de los vivos que todo lo confunden y alteran en su prisa por llegar primeros a Ningunaparte, la ciudad sin dintorno de los espejismos.

Sombras, media luz, olores de lluvia levantando vapores, pájaros remotos, muertos amados, olores de otro tiempo, los hermanos, el abuelo de ojos azules que cuelga en la pared, el tío que nos lleva por parajes de encantamiento, las caracuchas a la vera del camino, las vacas de totumos, los caballos de palo.

Mamá envuelta en alba del maíz, los hijos aprendices prematuros de jornaleros, la alegría de leer, papá regresando sin prisa por la senda de los muertos amados.

Hojas amarillentas de un otoño que asoma tímido con los vientos de diciembre y deja entrar el verano, límpido y brillante, en este cielo de la infancia poblado de azucenas.

Diciembre es así.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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