Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Dicotomías dudosas

Con alguna frecuencia, oigo en boca de los defensores de algunos procesos de cambio fundamentales para Colombia —la restitución de tierras, el proceso de paz— dicotomías que les sirven para organizar el discurso y sobre las que se apoyan continuamente.

Pero me parece que, aunque fáciles e intuitivas, ellas terminan haciendo más mal que bien.

Un buen ejemplo es la que contrasta a la razón con el corazón. Este último palpita con el cambio, la primera se alía con el statu quo. Esas gentes frías que sólo piensan en números, se asevera, no tienen los sentimientos necesarios para entender las demandas de la paz y la restitución. Yo veo la cosa de manera un poco distinta. Tanto para apoyar como para oponerse a reformas sociales significativas se necesita una combinación específica de ideas y sentimientos. Con gran frecuencia las posiciones antirreformistas ni casan con los fríos hechos, ni parten de una brizna de evidencia creíble, ni proponen opciones alternativas que tengan la más mínima posibilidad de sacar al país adelante. A la vez, ¡de cuánta autocompasión sensiblera son capaces! De hecho, cuando uno oye a estas gentes podría creer que viven en un continuo trance sentimental. La dureza aquí no consiste en la incapacidad de conmoverse, sino en la incapacidad de hacerlo frente a algo distinto al dolor propio. Las “retóricas de la reacción”, como las bautizó memorablemente Albert Hirschman, tendrían muy poco aliento si no cultivaran (e inventaran) miedos, animadversiones y odios autorreferidos.

Ahora consideremos el problema en la dirección contraria. Es posible que una de las enfermedades profesionales de los que se ganan la vida manipulando ideas sea subestimar sistemáticamente su importancia. Sin embargo, sin ideas que ensancharan el horizonte de imaginación política y social no hubiéramos tenido paz en Sudáfrica o El Salvador, ni crecimiento desaforado en el sudeste asiático, ni la oleada de transformaciones democráticas que se han producido en América Latina en la última década larga. En ninguno de estos casos el proceso que en efecto tuvo lugar se consideraba posible. El mantra de rigor era “no va a pasar porque no puede pasar”. Sin embargo, pasó. Ejemplo: hoy en día —cuando una derrota electoral de la izquierda latinoamericana es noticia de primera plana— es difícil imaginar las décadas de predominio absoluto de un discurso que explicaba pacientemente cómo era imposible que ella jamás llegara al poder. A propósito, esta insensibilidad frente a los factores “blandos” de la acción social y el acercamiento excesivamente “estructuralista” a los problemas es uno de los principales factores que hacen de la mayoría de los especialistas en política unas nulidades a la hora de predecir, según Philip Tetlock (un canadiense que dedicó 20 años de su vida al estudio un poco esotérico pero apasionante de las limitaciones de la opinión experta). La cosa no termina aquí. Pues todo cambio social significativo necesariamente involucra a cientos de tecnócratas e intelectuales, y para que esas gentes puedan ser funcionales al proceso tienen que poder entenderlo, pensarlo y, sí, sentirlo.

Todo esto sugiere que los cambios sociales exitosos pasan por la capacidad de convicción de gentes inteligentes, escépticas pero dispuestas a considerar la evidencia. Hablarles implica el desarrollo de narrativas complejas, ricas y constructivas de sociedad que capturen su imaginación. Para ello se necesita más, mucho más que el pueril intento de convencer al convencido, o la simple apelación emocional. Me temo mucho, por ello, que la dicotomía de reaccionarios fríos pero inteligentes y reformistas generosos pero tontos termine convirtiéndose en una típica profecía autocumplida.

 

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