Por: César Rodríguez Garavito

Dictadura institucional

TODOS LOS POLÍTICOS Y COLUMNIStas criollos han dicho algo sobre el agarrón entre Uribe y la Corte Suprema. Pero ninguno ha utilizado un término tan certero como Sergio Ramírez, el ex vicepresidente y pensador revolucionario nicaragüense.

Se trata del riesgo claro de una “dictadura institucional”, es decir, “el control por parte de una sola persona de las instituciones y los poderes del Estado, ejercido también de manera arbitraria”.

Pero vaya paradoja: Ramírez no estaba hablando de Uribe, sino de Daniel Ortega. Porque Ortega, el dictador institucional, se ha dedicado a lo mismo que han hecho todos los caudillos de izquierda y de derecha en América Latina: a perpetuarse en el poder repartiendo puestos, alterando constituciones, haciendo pactos con el diablo y, claro, alegando tener línea directa con el pueblo para pasarse por la faja las instituciones y atizar el nacionalismo cada vez que hay un bajón en las encuestas.

Así han gobernado todos, desde Perón y Getulio Vargas hasta Menem y Fujimori. Así lo hacen los populistas contemporáneos que no pueden verse ni en pintura precisamente porque saben que los demás conocen su juego. Ahí están Chávez, Ortega y Correa. Y, del otro lado, Uribe, que se afianza como socio de ese club al convocar un referendo para saltarse a las cortes y atornillarse en la Presidencia.

Por eso, antes de dar el salto al vacío hacia un referendo y una pelea sin reversa entre poderes, hay que asomarse para ver qué hay al fondo del abismo. Y para eso, nada mejor que vernos en el espejo latinoamericano. Antes se hablaba de la “colombianización” de otros países de la región (como el México traqueto). Creo que hoy el riesgo es la “latinoamericanización” del Estado colombiano.

Me dirán que no es para tanto. Muchos llaman a la cordura y dudan que podamos convertirnos en una república bananera. Concuerdo con el llamado: tanto el gobierno como la Corte deben bajarle el tono a sus declaraciones y limitarse a cumplir sus deberes constitucionales. Pero los prudentes yerran al aminorar la gravedad del asunto.

No es la primera vez que se equivocan en su diagnóstico del avance autoritario de Uribe, que ha tenido tres fases. En el primer mandato, el gobierno trató de hacer las reformas dentro de las reglas de juego. Fue cuando Fernando Londoño intentó, con visión profética pero sin éxito, recortar los poderes de las cortes que ahora son el dolor de cabeza del gobierno. Recuerdo a los cautos diciendo que se trataba sólo de una cruzada personal del ex ministro.

Como jugar con las reglas existentes no funcionó, el segundo paso fue cambiarlas. Así vino la reelección, que ahora sabemos cómo fue aprobada. Veo todavía a los prudentes decir que eso no tenía nada de raro y que sería “sólo por una vez”.

Por este camino llegamos al momento actual. Porque cuando uno cambia las reglas de juego, se pregunta si no será posible desconocer las que no ha podido cambiar. Eso es lo que hace el gobierno con la propuesta insólita de repetir las elecciones para esquivar los fallos judiciales. Es como si Ben Johnson pidiera que se repitiera la carrera de 100 metros en la que batió el récord mundial con la ayuda de los esteroides, para probar que la habría ganado incluso sin haberse dopado.

Todo esto aconseja mirar el riesgo en toda su dimensión, para no volvernos a equivocar. Y para que demos un paso atrás cuando aún estamos a tiempo.

* Profesor de la Universidad de Los Andes y miembro fundador de Dejusticia

 

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