Por: Marcos Peckel

Dictaduras electorales

“La democracia es el peor sistema excepto todos los demás”, decía Winston Churchill, a quien los electores británicos enviaron a un prematuro exilio político tras la Segunda Guerra. Las elecciones se constituyeron en el pilar del sistema democrático, los pueblos luchaban por ellas —un hombre, un voto— y gobiernos caían por el oprobio popular manifestado en las urnas. Esto, sin embargo, ya no es así. Autócratas y dictadores han aprendido que la mejor forma de permanecer en el poder con un halo de legitimidad es precisamente realizando elecciones, el rito que permite a la gente cada cierto tiempo “depositar un papel en una caja”.

La ciencia del fraude ha experimentado avances gigantescos en el último medio siglo, gracias a los cuales son mínimos los riesgos que corren autócratas de perder el poder. Existen formas burdas de fraude y más sofisticadas, tanto que ni siquiera lo parecen. Maduro, Duterte, Ortega, Erdogan y Putin son ejemplos de personajes que se perpetúan en el poder gracias a cuestionables elecciones.

Dictador que se respete asegura su triunfo con la debida anticipación a través de novedosas técnicas de dolo. Redefiniendo circuitos electorales, empapelando jurídicamente a los opositores, sacándoles un prontuario que los descalifique, inventándose opositores de bolsillo, haciendo tarjetones incomprensibles para los ciudadanos, voto electrónico engañoso, cambiando las reglas de juego, los horarios y los puestos de votación, o imposibilitando el transporte a las urnas desde “distritos problemáticos”. Con los infinitos recursos que provee el Estado, el cielo es el límite para implementar argucias de fraude y manipulación del electorado.

Métodos más burdos y conocidos de fraude: llenar las urnas previamente, adulterar el conteo manual o electrónico, cambiar los tarjetones depositados, agregar urnas de votantes fantasmas en los camiones o centros de acopio, lapiceros de tinta borrable, como en Ucrania en 2006, o chantaje electoral por parte del régimen, coaccionando a electores a votar por sus candidatos so pena de perder empleo y subsidios. Y cuando a pesar de todo se pierde, repetir haciendo los ajustes necesarios.

La reina de los fraudes es quizás la Venezuela chavista, donde tras años de abuso por parte del régimen, la población en su mayoría, anestesiada y desposeída, ya no vota, no cuenta, no monitorea y no le importa; el “estado ideal” de una dictadura. El Consejo Nacional Electoral anuncia lo que quiere, de acuerdo con el libreto previo, y como anuncia cinco millones puede anunciar siete y da lo mismo. El hito electoral más mendaz del chavismo ocurrió con la elección para la Alcaldía de Caracas, ganada por Antonio Ledezma. El teniente coronel le quitó las funciones y presupuesto a la Alcaldía y le puso encima un regente escogido a dedo. Brillante.

Según datos de Freedom House citados por la revista Foreign Policy, la democracia está en franco retroceso en todo el planeta, mientras que elecciones pululan por doquier, “legitimando” autócratas y tiranos. Una contradicción en términos antes; ya no.

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