Por: Weildler Guerra

La dieta de Maduro

Al iniciar la presente semana, 500 mujeres venezolanas vestidas de blanco, procedentes de la vecina ciudad de Ureña, se enfrentaron a la Guardia Nacional de ese país en el cruce fronterizo con Colombia y llegaron hasta la ciudad de Cúcuta para adquirir alimentos y otros productos básicos.

A diferencia de las madres de la Plaza de Mayo, que lucharon por encontrar a sus hijos muertos y desaparecidos durante la dictadura militar argentina, estas se enfrentaron por la vida y la salud de los miembros de sus familias, que se encuentran en inocultable riesgo por la hasta ahora insoluble escasez de alimentos y medicinas en Venezuela.

La creciente privación de productos básicos en el vecino país ha creado una notoria crisis humanitaria, por lo que es previsible que sucesos como el de Cúcuta se presenten en otros cruces situados a lo largo de la línea fronteriza con Colombia. Los testimonios de los venezolanos son de un dramatismo desgarrador. Una profesora universitaria en Caracas afirma que sus estudiantes están bajando cada día más de peso y pierden masa muscular de manera acelerada. La crisis se refleja también en ausentismo y deserción académica por la falta de recursos para la movilización y la alimentación entre los estudiantes.

A esta dolorosa situación los venezolanos la llaman, apelando a sus últimas reservas de humor, la dieta de Maduro: un régimen alimenticio colectivo y forzado que no se basa precisamente en comer “plátanos en tentación”. Cuando les pregunté a amigos y parientes que residen allí en qué consistía tan democrática dieta, me dieron variadas respuestas. “En comer sólo mango como plato principal”, respondió una amiga cercana. “Es comer todo sin mantequilla, sin azúcar, sin aceite, sin salado. A la carne, al pollo y a los huevos les llamamos salado”, me escribió otra. Una fuente cálida y cercana me dijo: “Estimado hermano, consiste en madrugar a ver si consigues algo, no desayunar, medio almorzar, medio cenar, tomar agua hasta 20 veces al día para aguantar el hambre”.

Sin importar las diferencias ideológicas entre sus gobiernos, Colombia y Venezuela son más que países hermanos, son repúblicas siamesas. La crisis humanitaria en la frontera requiere de entendimiento y cooperación. Compartimos más de 2.200 kilómetros de línea fronteriza, un pasado y varias lenguas comunes. El arbitrario y desatinado cierre con Colombia perjudica a ambos países, pero hoy se hace evidente que golpea con mayor intensidad a los habitantes de las regiones venezolanas que se encuentran en las zonas de frontera y que carecen de acceso a muchos productos, entre ellos víveres y medicamentos.

Venezuela tendrá que resolver las causas profundas que han llevado a su crisis actual en materia de democracia y a un general desabastecimiento; sin embargo, una medida humanitaria urgente sería poner fin de inmediato a esa cruel muralla. Esta situación es irrazonable entre dos Estados que no se encuentran en guerra y que en el pasado cercano han tenido niveles de intercambios significativos y mutuamente beneficiosos. De no actuar pronto, las calles de las ciudades venezolanas se parecerán cada vez más a los escenarios de la serie norteamericana The Walking Dead.

wilderguerra@gmail.com

 

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