Por: Eduardo Barajas Sandoval

Diez años de equivocaciones

Hace diez años el mundo presenció con estupor el ataque del más poderoso de los ejércitos contra un enemigo ominoso, Irak, al que esperaba derrotar en pocos días sobre la base de la conmoción y el pavor que podían producir las técnicas bélicas a utilizar.

La guerra y la destrucción de Irak todavía no han terminado, porque allí no reina todavía la paz. Entretanto lo que hemos visto es la destrucción física y moral del país, a un precio muy caro para los locales y también para los atacantes, que no solo han perdido cerca de cuatro mil quinientos de sus soldados, sino una cuota importante de su credibilidad.

Hace una década el presidente George Walker Bush cerró, con el anuncio de atacar a Irak, una larga campaña publicitaria destinada a convencer a la opinión pública de los Estados Unidos del peligro que supuestamente representaban los ejércitos de Sadam Hussein y en particular las armas de destrucción masiva que se decía estaban a disposición del tirano iraquí para destruir la civilización occidental.

El nombre que entonces decidieron darle los atacantes a su intervención resulta, a la vuelta de los años, nada más que una ironía: “Operación libertad iraquí”. Todavía se espera la prueba de que Sadam disponía de armas de destrucción masiva. En cambio las huellas de la invasión se ven por todas partes y anidan profundamente en el sentimiento de una nación a la que han terminado por descuartizar, no solo por el hecho de que más de cien mil de sus habitantes han muerto, sino porque encima de todo la herencia del lance puede ser la de una guerra civil.

Si el presidente de los Estados Unidos tomó la decisión de intervenir confiado en estudios de inteligencia que a la larga resultaron equivocados, bien pueden los presidentes hacia delante poner en duda las informaciones que provean los mismos servicios ante nuevas situaciones en cualquier parte del mundo. Y si tenía conciencia de que no había tales armas, la calificación de su conducta no tiene nombre.

Los costos económicos, que tanto importan a los contribuyentes norteamericanos, han sido muy elevados, y se prolongarán en el tiempo, porque ahora, como pasó con Vietnam, les tocará atender en su propia tierra las secuelas que la guerra deja en los soldados que vuelven de un frente de batalla con el alma destrozada y la conciencia en la mayoría de los casos maltrecha, porque matar tiende a dejar efectos irremediables en unos muchachos a los que llevaron a pelear en una guerra a la larga bastante inútil. Aunque, se dice, los empresarios de la destrucción habrán llenado sus arcas y hallado una nueva oportunidad de ensayar la tecnología destinada a producir más fácilmente la muerte.

Muchos entendieron la guerra como un paliativo para el dolor que produjo en los Estados Unidos el ataque que meses atrás tuvo por objeto la destrucción de algunos de sus símbolos más preciados. Pero también desde un principio se dijo que la acción no era otra cosa que el aprovechamiento de la oportunidad para poner pie una vez más en una región llena de pozos de petróleo en el Medio Oriente. Sea como sea, los estadounidenses, que al principio aplaudieron la acción, pasaron luego a reprocharla cuando descubrieron que sus motivaciones fueron evidentemente oscuras. De nada sirvió que en mayo de 2003 Bush el Segundo haya bajado de los cielos a bordo de un helicóptero sobre la pista del portaviones USS Abraham Lincoln a proclamar ante cinco mil marineros amontonados e ilusos “misión cumplida”, porque pocos ciudadanos, en Estados Unidos y sobre todo en el mundo, se lo creyeron. Y muchos menos le creen diez años más tarde, cuando se ha comprobado que su aventura no había terminado sino que apenas comenzaba; algo que él mismo reconoció en marzo de 2008, cuando salió a decir que, tras cinco largos años de lucha, después de la “misión cumplida”, entonces sí se había asegurado la victoria en la “guerra contra el terror”.

Diez años después de la primera equivocación, y luego de muchas más, Irak está hoy a punto de seguir de estallido en estallido, no solo en medio de una crisis económica inmanejable sino, sobre todo, en medio de una crisis de identidad nacional, propia de países invadidos y destrozados, que enfrenta a grupos internos que a raíz de la invasión y de los regímenes sucesivos impuestos por los invasores, configuran un escenario de división. Los chiitas, los sunnitas y los kurdos tratan de interpretar el momento según sus necesidades y en lo único que coinciden es en su desconfianza por los otros y por el gobierno central. Esta es apenas una muestra de lo que, aparte de jugosos dividendos para las empresas y el aplacamiento de una opinión pública deseosa de reacciones contundentes ante la humillación del 11 de septiembre, sacaron los Estados Unidos con su invasión. Aparte, claro está, de haber perdido tantas vidas propias y muchas más iraquíes, y una dosis enorme de respetabilidad.

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