Por: Oscar Guardiola-Rivera

Diez años después

El mundo no cambió tras el 9/11. Reducir las violencias del mundo a un conflicto singular entre el bien y el mal no es nuevo. Las víctimas de las torres sirvieron de pretexto a los jeques del Al Qaeda y los intervencionistas de Occidente. Sus espectros claman justicia mientras el desierto engulle un ejército tras otro.

Un no-evento proyectado en las pantallas de televisión como si se tratase de la batalla final entre los universales de la civilización moderna y la barbarie. “O están con nosotros, o están con los terroristas”, dijo Bush. Su frase resume el brutal maniqueísmo de la época.


Como él, vaqueros e imitadores, también entre nosotros, soñaron con imponer la ley del viejo oeste y rehacer el mundo a semejanza de su fantasía milenaria.
En tal visión, tras el comunismo y el fin de la historia, las probadas virtudes de la democracia y el mercado harían efectiva su extensión a todas partes: “el mundo es plano”, proclamaron los falsos profetas, “nada impide nuestra entrada en la tierra prometida”. Nosotros, los condenados de la tierra, habríamos llegado tarde.


“Los condenados son nuestra causa”, dijo el católico Blair después de 9/11. Piensan él y otros, que afganos, africanos y demás deben seguir a occidente para ingresar al club de los pueblos con historia. Si reniegan, pues habrá que bombardear hasta hacerles retornar a la edad de piedra.


Que afganos, africanos y demás pudiesen tener su propio deseo y una historia que contar jamás llegó a perturbar la certidumbre moral de estos iluminados. Ese error fue posible gracias a la corrupción del lenguaje político y la complicidad de medios y escritores que pusieron su pluma al servicio de la espada.
¿Las consecuencias? Ignorar la historia pasada amenaza borrar el futuro, y convierte al presente en tragicomedia absurda. La del filósofo Bernard Henri-Lévy, auto-proclamado intelectual orgánico de la liberación libia, cuando propuso tratar a los iraquíes “con un año de cine francés”. La de los aliados, que en Kandahar y Guantánamo alternaban entre Britney y llenar de gasolina los anos de sus prisioneros.


La violencia desatada sobre otros les atrapó: el discurso hipertrofiado de la “seguridad”, el estado vigilante, la tortura, la ambición desmedida. Son heridas auto-infligidas en el alma de occidente, incapaz de pensarse en forma realista o al resto del mundo.


Se dice que la guerra, razón de estado que éste niega en su retórica, ciega el alma humana. Recuerdo a un soldado colombiano que luchó en Irak, su cuerpo convertido en Santa Muerte, sus ojos vidriosos mientras me enseñaba las fotos de cuerpos despedazados en el camino a Fallujah. El olor de esos cadáveres hiede hasta los cielos.


¿Quién escribirá la historia de esta década terrible?
 

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