Por: Armando Montenegro

Diez días, 100 años

El famoso libro de John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, es una extraordinaria crónica sobre la llegada al poder de los bolcheviques hace 100 años, cuando comenzó uno de los experimentos políticos más importantes y sangrientos del siglo XX, el cual marcó la vida de miles de millones de personas.

Antes de su experiencia en Rusia, Reed ya había vivido numerosas aventuras, un hecho que, tal vez, explica la naturalidad con la que describe el desarrollo del golpe de los bolcheviques. En 1915 publicó un magistral reportaje sobre la revolución mexicana, en el cual entrevistó a Villa y a Zapata, y después viajó por Europa en medio de su gran guerra. De su pintoresca vida, especialmente la de sus últimos años, y de sus tempestuosos amores con Louise Bryant trata Reds, una película que recibió varios Óscar.

Resulta interesante cómo Reed nos cuenta la manera en que, en medio del desorden y la confusión en San Petersburgo, con su pasaporte norteamericano y sus salvoconductos de periodista, se movió con libertad entre los grupos enemigos. Un día entró, sin mayores restricciones, al Palacio de Invierno, se topó con los ministros y jefes militares y entrevistó al propio Kerensky. Cruzó la ciudad para llegar a donde discutían los revolucionarios, presenciar sus debates y escuchar los discursos de Trotsky y Lenin. Al otro día, a unas cuadras de distancia, se introdujo en las deliberaciones de la Duma, dominada por los enemigos del gobierno y los comunistas.

Horas antes del golpe, mientras los políticos reformistas pensaban en decretos y asambleas constitucionales, y los bolcheviques se armaban y afinaban sus planes militares, la mayoría de los habitantes parecía no estar enterada de los juegos de poder. Los periódicos aparecían todos los días; la gente hacía cola para comprar comida; funcionaban los tranvías; se presentaban obras de teatro y algunos potentados seguían gastando fortunas en los casinos. Por las calles deambulaban miles de desertores de una guerra perdida.

El plan de los revolucionarios era simple. Armar a los bolcheviques, preparar la insurrección para el golpe el 7 de noviembre y, una vez caído el gobierno de Kerensky, hacer que la asamblea de los soviets asumiera el poder (“todo el poder para los soviets”), con Lenin a la cabeza. Llegado el día, bajo la dirección de Trotsky, el asalto se ejecutó a la perfección y así se inició un régimen que duró hasta 1991.

Reed pensó alborozado, al igual que millones de personas en las décadas siguientes, que estaba comenzando una nueva e irreversible etapa en la historia de la humanidad: “Comprendí que el religioso pueblo ruso no necesitaba ya de sacerdotes que le abrieran las puertas del paraíso. Estaba edificando sobre la tierra un reino más esplendoroso que el de los cielos, un reino por el cual era glorioso morir”. Ahora sabemos que ese reino no fue esplendoroso, pero en lo que Reed sí tuvo razón es que por esa utopía murieron decenas de millones de personas.

Cuando se leen las crónicas sobre el fin de la Unión Soviética, se encuentran, de nuevo, algunos de los elementos del caos que rodeó el ascenso del comunismo que nos narra Reed: el desorden, la falta de liderazgo, la desmoralización y el desbarajuste económico. Esta vez, sin embargo, el poder lo tomó un populista que le abrió paso a un nuevo zar de un corrupto régimen oligárquico.

 

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