Por: Eduardo Barajas Sandoval

Diferencias de estrato democrático

Los estándares de exigencia de cada país, en cuanto hace a la responsabilidad política de sus gobernantes, varían tanto como el estrato al que pertenezca su democracia. Mientras en los niveles bajos el concepto de ese tipo de responsabilidad es prácticamente inexistente, en otros se manifiesta a la menor oportunidad. En el primer caso el fenómeno contribuye a la esterilización del sistema político. En el segundo lo oxigena o al menos lo mantiene a flote.

Un ministro canadiense, nada menos que el de relaciones exteriores, se vio obligado a renunciar a su cargo porque dejó unos papeles importantes abandonados en casa de su novia. El país respiró tranquilo con su inmediata dimisión. Puede confiar en la sensatez de sus gobernantes. Funcionaron poderes superiores. Ni el implicado, y mucho menos el Primer Ministro, se dedicaron a hacer maniobras políticas o publicitarias para tratar de salvar la continuidad del funcionario en su cargo. No exigieron que el asunto fuese llevado a los estrados judiciales para ver si allí salían victoriosos o derrotados. No se dedicaron a la cacería de lunares y pecados anteriores de sus oponentes, para animar una perversa competencia de trapos sucios. Tampoco trataron de enlodarlo todo de manera que, en medio de una controversia desordenada y llena de caras sucias, se consiguiera minimizar el problema original.

Al jefe del ministro retirado, cuyo criterio para ponerlo en el cargo se puso de inmediato en duda, no se le ocurrió llamar a los medios de comunicación para pontificar sobre las diferentes formas de cumplir con el deber y acuñar máximas de corte popular en aras de defender al funcionario descuidado. Y a nadie se le ocurrió, desde el gobierno, ponerse a la tarea de conceptuar sobre la manera en que la justicia debería actuar en este caso. El gobierno designó un nuevo jefe de la cartera de relaciones exteriores y cerró de una vez el capítulo del paso del señor por el Ministerio. Lo demás se dejó a la libre controversia política y a las posibles acciones de otro orden, con el hombre en cuestión lejos ya de la oficina pública. Por ahora funcionó lo que debía funcionar: la decencia de ser consecuentes, todos, con las exigencias de orden político que se deben atender en estos casos.

El ejercicio del gobierno tiene implicaciones pedagógicas de alta trascendencia. Aún los más apáticos de los ciudadanos se sienten afectados por el comportamiento de los gobernantes. En muchos casos terminan por imitarlos. Ven en ellos un modelo. Es el efecto elemental del ejemplo, del que deben tener conciencia quienes administran las cosas públicas y quienes vigilan desde la orilla de la sociedad.  Ambos deben saber que, con sus actos, los gobernantes ayudan a construir unos parámetros de determinado contenido y calidad, que echan raíces y terminan por convertirse en formas normales de conducta y en reglas comúnmente aceptadas, sea cual fuere la dirección en la que se orienten.

Una sociedad en la que los funcionarios hacen cualquier cosa y apelan a cualquier argumento con tal de quedarse en el puesto, tiene mucho que trabajar todavía para abrirle paso al concepto de la responsabilidad política. Y para entrar en las grandes ligas de la democracia. Cuando la estrategia que se adopta es la de llevar el asunto exclusivamente a las instancias judiciales, para situar todo en el terreno de los códigos penales, a sabiendas de las dificultades probatorias de hechos que tienen significación política enorme pero clasificación penal dudosa, las cosas solamente pueden empeorar. Entonces, allá en lo profundo, se estará perdiendo mucho desde el punto de vista de la calidad y la sanidad de la vida política. Aunque para las galerías todo parezca impecable.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

Una República vibrante

Una tribuna sin audiencia

Un compromiso ejemplar

Orbán y los iconoclastas

Aplazar la llegada de Gog