Diga sus pecados

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Hace unos años, en el ritual católico de la confesión, al olor a velas encendidas y arrodillado entre las baldosas heladas de una iglesia, uno relataba sus hazañas pecaminosas, alfombradas de disculpas. Pero las contaba, había que contarlas, la confesión consistía y consiste en eso, en contar, no en ocultar y menos por años, que tampoco podían ser muchos. Éramos niños buenos.

Era esa la confesión en sagrado. Una señora del Medellín beato de mi infancia, les contaba a sus amigas, muy lanzada ella, algún lance del cual estaba arrepentida y ellas le recomendaban comentárselo al sacerdote para tranquilidad de su conciencia.

Pasados los días y encontrándose de nuevo en algún costurero de chismes y bordados, le preguntaron cómo le había ido en aquella confesión, a lo que la audaz pecadora contestó saboreándose el pintalabios: ni me mentó ni le menté.

Recordé estos y otros pasajes infantiles, al ver cómo se debate hoy el tema de las confesiones, bien las judiciales o las que se hacen ante la llamada Comisión de la Verdad, que son verdades humanas y ético-políticas o algo así, según las denomina su presidente, el padre Pachito de Roux, a quien llamo de esta manera por cariño y familiaridad. Pero reconozco que no le entendí muy bien las explicaciones que le dio a la periodista María Isabel Rueda sobre la verdad. Casi nos dejó preguntándonos, como Pilatos, el muy filósofo, “¿qué es la verdad?”.

Y es que el afamado padre, ángel alado de este oscuro momento del país, a quien la izquierda política enreda en su telaraña de intereses non sanctos (digo yo, aunque él seguramente tiene muy sabias razones), entró de una a creerles a los antiguos guerrilleros su confesión, 25 años después, de haber asesinado, con premeditación y alevosía, a nadie menos que a Álvaro Gómez y a otros cinco figuras, en extraña mezcla de personajes, del acontecer colombiano.

Que son un reconocimiento de autoría, en que no comprometen a otros, sólo a ellos mismos y que corren grandes riesgos hasta el de su vida y el de la dignidad y legitimidad de su movimiento y que, finalmente, afirma el padre, que reconocerlo no constituye verdad judicial ni se derivan de ello acciones de tipo penal. Pero a mi modo de ver lo que sale de esa entidad (pomposamente llamada De la Verdad), creada en los pactos de La Habana, es claro que influye como prueba indiciaria de altísima credibilidad. Ello es importante, aunque no tanto como que conforma una historia tomada por verdad, con sesgo de origen.

Concluye la conversación con una frase algo atrevida, sólo que es una clara figura literaria para demostrar su extremo contrario: “si no creemos, sólo nos queda armarnos todos”. ¡Uy! Cuánto mejor aquella otra de amémonos los unos a los otros, que es la que seguramente está latente en el corazón del amigable sacerdote.

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