Digna rabia

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“Con vergüenza, amor, con odio, con miedo, así se escribe poesía en el país que odia a las mujeres”, dice el poeta mexicano Alejandro Merino, reflexionando sobre cómo es posible que haya mujeres que gozan del amor, mientras que otras sufren las consecuencias del maltrato, de la opresión y de la violencia. Este gran interrogante no es común en muchos hombres. La violación salvaje de la niña embera de 13 años ocurrida en los días pasados reactivó discusiones y charlas entre hombres y mujeres, entre si el caso era más pedofílico que otra cosa, si debía considerarse abuso o violación, si realmente valía la pena hacer tanto alarde si los niños, en mayoría estadística, eran mucho más propensos a ser víctimas de la pedofilia que las niñas.

Las violaciones y feminicidios siempre reactivan esas viejas y desvencijadas posiciones masculinas: “A los hombres también nos matan”, “a los hombres también nos violan”, “a nosotros nos ha tocado ir a la guerra, a ustedes no”, “ustedes también han sido violentas con nosotros”, “ustedes solo quieren marrano, no marido”. Desafortunadamente, he conocido a muchos hombres que piensan de esta manera, incluyendo algunos miembros de mi propia familia. En esta columna y aprovechando la dolorosa coyuntura, me gustaría responderles a los hombres que perpetúan este tipo de pensamientos, porque aunque tal vez aún no hayan llegado a maltratar a ninguna mujer, cuando se encuentren en una posición de extrema rabia o vulnerabilidad tal vez lleguen a hacerlo y, a mi modo de ver, es mejor prevenir que curar.

Uno de los postulados más comunes es “todas las vidas importan: que maten a una mujer es igual de terrible a que maten a cualquier otra persona”. Estoy de acuerdo en que todas las vidas importan, pero los feminicidios tienen una particularidad: las mujeres durante años fuimos tratadas como objetos, al igual que los afroamericanos y otras minorías. Nuestras vidas no eran antes de tanto valor: eran posesión de los padres o esposos y ellos tenían el derecho a asesinarnos si eso era lo que querían. Las mujeres, de la mano de grandiosas feministas, hemos recorrido un largo trecho para obtener reconocimiento y gozar de los mismos derechos humanos que todo el mundo. Un feminicidio es una reminiscencia o un vestigio de aquellos tiempos en los que nuestra existencia era tal vez un poco más importante que la de una silla o la de un florero.

Otro de los lugares más comunes del machismo es lamentarse de que ellos han ido a la guerra y nosotras no. Es cierto, no puedo negarlo, pero nosotras no fuimos quienes los enviamos a combatir. Nosotras no los obligamos a enfrentarse al enemigo ni los dotamos de armas y fusiles para lanzarse contra la muerte. Durante años se habló de la guerra relacionándola con el honor y con la fuerza, con el servicio y con la lealtad, pero no fuimos nosotras. Las mujeres, contrariamente, fuimos moldeadas por ustedes: nos dijeron qué debíamos vestir, cómo debíamos pensar, a qué debíamos dedicarnos y cómo nos debíamos portar. La amenaza era la violencia, la deshonra y la posibilidad de morirse de hambre al ser desamparadas por padres y esposos despiadados. Este comportamiento se perpetró durante siglos y apenas ahora estamos comenzando a ver los primeros avances.

Finalmente, hay quienes dicen que “ya tenemos todo”, que “de qué nos quejamos”. Sí, es posible que mujeres privilegiadas como yo o como varias de mis amigas y allegadas tengamos todo, pero hay aún muchísimas mujeres que son víctimas de toda clase de violencias y es nuestro deber luchar para que también ellas conozcan la libertad. Como decía Alejandro Merino en el poema que abre esta columna, no es posible que nos quedemos tranquilas en casa, gozando del privilegio del amor, del respeto y del cariño cuando hay otras mujeres, cercanas o lejanas a nosotras, que aún sufren las consecuencias de la opresión y la violencia. Nuestra rabia es digna. Unámonos y no dejemos que nos la quiten.

@valentinacocci4, valentinacr424@gmail.com

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