Por: Carlos Granés

Dilemas en torno a la libertad de expresión

Quizás uno de los temas sobre los cuales más confusión empieza a haber hoy en día es la libertad de expresión. Por un lado defendemos el que todos podamos decir lo que pensamos, así nuestras opiniones ofendan a los otros, y por otro clamamos al cielo que alguien le ponga un tapón en la boca a personajes nocivos que, como Trump o Bolsonaro, han conquistado elecciones mintiendo, denigrando y polarizando a las sociedades. En España la izquierda populista se ceba en la calidad democrática de sus instituciones cuando un rapero es encarcelado por lanzar versitos mal armados con incitaciones a la violencia, pero no duda en cerrarle la boca —y sacarle 70.000 euros— a un poeta amateur por otros versitos, quizás aun peores, en contra de Irene Montero, la número dos de Podemos.

Todos defienden la libertad de expresión hasta que una opinión, un poema o un chiste ofenden su sensibilidad. Hay una predisposición a sentirse ofendido y ultrajado casi por cualquier cosa, y sobre todo a descontextualizar lo que se dice para que parezca, más que una chiquillada, una seria amenaza. El rapero en cuestión, por ejemplo, no pasa de ser un maloso de barrio que quiere hacerse popular con sus bravuconadas. No es un peligro para nadie, y sin embargo el alarmismo lo sacó del anonimato en el que iba a pasar toda su vida para catapultarlo a la fama: hoy es un mártir de la libertad de expresión.

Está empezando a ser muy fácil ganarse tan meritorio título. Cometiendo una pequeña ofensa a la sensibilidad, manadas de tuiteros indignados salen a escaldar al perpetrador, transformando una payasada o una provocación en un acto heroico. Cada vez se habla más fuerte en las redes sociales, y cada vez parecemos tener la piel más fina.

Ahora bien, ¿vale todo?, ¿puede decirse cualquier cosa en nombre de la libertad de expresión? Me hago esta pregunta por la radicalidad de los mensajes con los que Bolsonaro llegó al poder en Brasil. Lo hemos oído: no se cortó un pelo. Dijo cosas que parecían desterradas para siempre del debate político. Recordaban a los exabruptos que se soltaron en los años 30 del siglo pasado, cuando un cura argentino como Juan Menville podía invocar la violencia fascista para frenar al comunismo, y los intelectuales llamaban desde las tribunas públicas a la guerra santa o trataban al rival político como una bacteria eliminable. ¿Puede seguir invocándose la libertad de expresión para proteger este tipo de pronunciamientos?

Hasta no hace mucho había un límite tácito, y es que ningún político con aspiraciones podía soltar este tipo de afirmaciones sin exponerse a salir escaldado en unas elecciones. Hoy empieza a ocurrir lo contrario. Decir barbaridades no quita, da votos, y eso cambia por completo el panorama. Es posible que los más dotados para soliviantar rencores y odios o para pulsar las peores fibras humanas empiecen a convertirse en actores políticos recurrentes e importantes. ¿Debe entonces ponerse un límite a lo que estos personajes puedan decir en mítines o en las redes sociales?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Lo que sí parece obvio es que se está perdiendo mucha energía persiguiendo a los niños que juegan debajo de la mesa, mientras la ultraderecha se sirve de su misma desfachatez para cambiar las reglas del juego político que conocíamos.

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2018-11-22T16:05:00-05:00

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2018-11-23T05:46:27-05:00

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