Por: Cecilia Orozco Tascón

Dime con quién andas

...Y TE DIRÉ QUIÉN ERES. ESE REFRÁN, válido para los ciudadanos corrientes, es más significativo cuando se trata de funcionarios que ostentan cargos de responsabilidad pública, máxime cuando pertenecen a un órgano del Estado que cumple la incomprendida tarea de juzgar a personajes de los otros órganos.

Pero a la gente se le olvida hasta el recato cuando la acosa el afán de agradar, seguramente para tener acceso a cumbres mayores. La foto del ex presidente de la Corte Suprema y actual presidente de su Sala Laboral, Francisco Ricaurte, en la primera fila de un evento familiar del senador Javier Cáceres, hoy presidente del Congreso, en efecto, dice mucho. La coincidencia de que ambos sean de origen costeño pasó por encima de la circunstancia de que en la Corte haya abiertas investigaciones preliminares contra Cáceres, una de ellas por presunta relación con paramilitares. E ignora que las agresiones contra el alto tribunal se iniciaron una vez que los colegas de Ricaurte en la Sala Penal empezaron a procesar a los colegas de Cáceres en el parlamento.

Las compañías del magistrado ex presidente-presidente reflejan, al parecer, la seducción que ejerce el poder político sobre él. Está fresco todavía el recuerdo de otra foto suya, en la que se le veía arrodillado ante Cristo pero que simbolizaba estarlo ante el Presidente; viene también a la memoria, en consecuencia, su actitud de equilibrismo perfecto entre la línea de sus deberes y su conducta social. Conocidas esas imágenes que sugieren subordinación en vez de prudente distancia, convendría que Ricaurte indicara —le extiendo derecho de petición— si es cierto que lidera, junto con sus más afines compañeros, una campaña similar a las del Congreso, o sea, sin cuestionamientos de ninguna índole pero sí con mucho pragmatismo, para elegir al nuevo Fiscal ¿Quién dijo que el rector del ente investigador debe ser autónomo si en la democracia perfecta de Estados Unidos el funcionario que cumple esa labor es subalterno del Presidente? ¿A quién se le ocurre que la Corte debe tener en consideración factores éticos si está facultada para cumplir solo mandatos jurídicos? ¿Por qué creer que la terna es mala si no hay nada comprobado?

Mientras esos interrogantes flotan como nubarrones encima del Palacio de Justicia, El Tiempo, un medio que no es precisamente antigobiernista, opina en su editorial que “el Presidente mandó una terna que posee más la intención de acorralar a la Corte que de contribuir a la elección de la mejor opción posible”. Y añade que “los magistrados tienen la misión imposible de sacar, de una baraja que deja mucho que desear, una persona que garantice rectitud, independencia y eficacia...”. Existen por ahí otras fotografías o videos: del magistrado Zapata al lado del jefe de Estado, en lugar de serio y compuesto, diría uno que casi en inclinación de obsecuente.  Y, aunque no es togado, pero sí Fiscal encargado, de Guillermo Mendoza Diago manoseado en el escenario de un consejo comunal, típico acto político del dominio presidencial.

Sometidos por los otros poderes y si es verdad que hay unos magistrados al borde de incumplir su juramento, ellos se exponen a la crítica ciudadana. Los censurados no pueden ser únicamente los congresistas. Los jueces, por la misión que la sociedad les encomendó, terminarán siendo objeto de miradas cargadas de rigor ¿Por qué razón no habría de cobrárseles su liviano carácter si se supone que llegaron a la Corte por recios?

 

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