Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Dimes y diretes

El Gobierno parece decidido a no permitirnos una Navidad en paz. Cuando no es el Presidente amenazando con su reelección, aparece José Obdulio escribiendo sandeces y baladronadas en el diario que en privado se ufana de manejar a sus anchas, o irrumpe Juan Manuel Santos defendiéndose de lo que no lo han acusado. No parece sintonizarse el régimen con el deseo colectivo para que sean liberados al menos tres de los muchos secuestrados por las Farc, a ver si esta Navidad viene menos amarga.

La respuesta de Juan Manuel a los rumores periodísticos acerca de que la senadora Piedad Córdoba lo sindica de ser el alto funcionario del Gobierno que estaría detrás de un complot para asesinarla, confirma una vez más que el Ministro está en el lugar equivocado. De nuevo, Santos se comporta como un redactor que da crédito y se altera con chismes, y no como el hombre de Estado, como quiere que lo veamos sus compatriotas.

Lo que era trascendente de este nuevo episodio, no fue lo que pudo haber dicho bajo reserva la negra Piedad, sino lo que informó públicamente. A propósito el uribismo censura a Piedad de lanzar acusaciones genéricas, pero olvida que quien empezó con ese juego fue el presidente Uribe, pues hace una semana sindicó a unos políticos -que no identificó- de estar recomendando a las Farc no aceptar su propuesta de zona de encuentro. ¡Con la vara que mides, serás medido!

El Ministro salió a defenderse personalmente de un cargo que supuestamente le fue enrostrado en privado sólo ante unos periodistas, pero se le olvidó asumir la vocería del Gobierno para rechazar la insinuación de que pueda haber un solo funcionario interesado en asesinar a Piedad.

No sólo se equivocó Santos al recoger públicamente el guante de una supuesta acusación que se le estaba haciendo en secreto, sino al hacer confusas referencias a los propósitos que alimentaba la negra Piedad con sindicarlo de querer asesinarla. El Ministro de la Defensa dijo, respecto al presunto crimen de Piedad por parte de un alto funcionario del Gobierno, que “eso no tiene ni pies ni cabeza. ¿Quién sabe qué favor le está haciendo a las Farc o a cualquier enemigo de Colombia?”.

¿A cuál “enemigo de Colombia” se refirió Santos, como uno de los actores interesados detrás del cuento de Piedad? Obviamente no pueden ser los Estados Unidos, desde donde la Senadora colombiana prendió las alarmas, sino Venezuela, la nación que le ha dado albergue político. Tan desencajado está Santos, que no midió el alcance de sus imprudentes palabras, y si lo hizo y a pesar de ello las dijo, que asuma las graves consecuencias de su intemperancia verbal. Por sus antecedentes de enfrentamiento y desconfianza mutua con Chavez, Juan Manuel tiene la doble responsabilidad de ser cauto en lo que insinúe respecto de Venezuela.

La abrupta reacción de Juan Manuel cerró las puertas de la Casa de Nariño, para que la fogosa Piedad le informara al Presidente Uribe lo que desde Washington dijo que sólo le contaría a él sobre un supuesto complot para asesinarla.  Fácil resulta suponer que después de esta escaramuza verbal entre Ministro y Senadora, a la última es probable que no la quieran recibir en la casa presidencial, o que, si lo hacen, no lo hagan propiamente con abrazos.

En todo caso, así a Piedad no le quede nada fácil ingresar al despacho de Uribe, convendría que le dijera al país cuál es la información que tiene acerca de su presunto asesinato y cuál el nombre del funcionario que estaría detrás de ese magnicidio, y además que solicitara la intervención de la Fiscalía.

Lo que no puede ocurrir es que un episodio tan grave como el que denunció públicamente la Senadora desde suelo extranjero, termine sepultado por la chismografía que alimenta e inspira a Juan Manuel.

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Adenda. Feliz Navidad a todos, pero en especial pronto regreso, sanos y salvos, de todos los secuestrados.

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