Por: Piedad Bonnett

Dinastía

Flaco favor le hacen sus asesores a Miguel Uribe Turbay cuando acuden a tan descomunal despliegue en El Tiempo, donde sacaron una especie de “separata” que incluye en la primera página tamaña foto del joven aspirante a la Alcaldía. Primero, porque da una sensación de derroche publicitario que escandaliza (todos sabemos lo que ya vale un modesto avisito anunciando unas exequias), y segundo, porque parece un gesto desesperado de presentación pública de alguien que suponen muy desconocido. Casi que nos remite al dicho popular de “madurado a punta de periódico”. Pero hay algo peor, que declaro que me dio vergüenza ajena: a la hora de señalar su trayectoria no se limitaron a mostrar sus propuestas, el buen nivel de sus estudios —tiene una maestría en Políticas Públicas— y los cargos en los que se ha desempeñado, que son varios, sino que acudieron a informarnos algo “definitivo” en el país de los delfinazgos: de quién es hijo y de quién es nieto. Toda una estirpe. Para acabar de ajustar, usan fotos familiares que lo muestran como padre y esposo, en intento, imagino yo, de mostrar, por una parte, que no es el niño que aparenta ser, y por otra, que la suya es una familia en el sentido tradicional de la palabra, para que todos quedemos tranquilos. ¡Qué parroquialismo tan patético! Y pensar que los que lo impulsan son nada menos que Pastrana, Gaviria y Álvaro Uribe. ¿Le habrían hecho tal despliegue, me pregunto yo, a la hija de Angelino Garzón, a la que hicieron a un lado de la manera más burda cuando vieron que no les funcionaba?

Lamento que Miguel Uribe, una persona con méritos, en su afán de llegar a la Alcaldía se haya dejado usar de esa manera, porque se convierte en ejemplo perfecto de lo que siempre ha ocurrido en este país, en el que el poder se hereda, a pesar de que hay mucha gente muy bien preparada que, sin pertenecer a ningún linaje, podría llegar a ocupar los puestos más altos. Aclaro: considero perfectamente legítimo que un hijo de político tenga también aspiraciones políticas. Pero otra cosa es que se valga, para posicionarse, de la exhibición de sus apellidos o de los privilegios que la cercanía al poder le da.

El caso es que el delfinazgo sigue siendo una institución en Colombia, y que incluso se ha extendido más allá de las castas aristocráticas. Ya no sólo se trata del nieto de Turbay, sino del hijo de Petro, del de Hugo Aguilar, de los hijos de Galán, de la hija de Angelino Garzón y de la de Claudia Castellanos. Y ahí la lista apenas empieza. Algunos de ellos tienen méritos propios. Pero el mensaje que alcanza a leer el ciudadano corriente es desestimulante, sobre todo para tantos jóvenes preparados y con ambiciones políticas, que se han hecho a pulso y con dificultad: “para ti va a ser mucho más difícil que para ese puñado de privilegiados que ya tienen empujón fijo”. Tal vez por esa propensión a la palanca, sin embargo, es que resulta admirable que gente como Claudia López —y algunos otros— hayan llegado tan lejos. Y es fácil entender que les haya tocado subir el tono para abrirse paso.

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2019-08-09T22:35:50-05:00

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2019-08-11T05:15:46-05:00

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