Por: Hugo Sabogal

Dioses, reyes y vinos

Recorrido por el rol del vino en las vivencias ordinarias y extraordinarias del hombre occidental.

El vino ha tenido, a lo largo de su antiquísima historia, el múltiple destino de ser la bebida del campesino y del monarca, del intelectual y del iletrado, del joven y del viejo, del nieto y de la abuela, del sociable y también del solitario. Esto se debe a que, en sus orígenes, estuvo bajo el atento cuidado de vigorosas deidades, que comandaban el respeto de emperadores y plebeyos.  Pero, además, fue el bálsamo espiritual de filósofos y clérigos —y, del mismo modo, de seguidores y devotos—, hasta llegar a convertirse en uno de los símbolos más significativos de nuestra religión. Ningún producto elaborado por el hombre ha podido igualar esa polivalente trascendencia.

Y así como el vino ha estado presente en bautizos, matrimonios, conquistas territoriales, declaraciones románticas y celebraciones de negocios, también acaba de ser uno de los convidados especiales en la reciente boda del Príncipe Guillermo, heredero al trono británico, y Catherine Middleton, graduada en historia del arte y elevada ahora a la condición de alteza real.

Pues bien, a propósito de este fastuoso acontecimiento, vale la pena repasar el papel del vino en las vivencias ordinarias y extraordinarias del hombre occidental, partiendo de las tres más influyentes civilizaciones que trazaron nuestro destino.

Los faraones egipcios, que dominaron el Mediterráneo oriental durante más de tres mil años, no sólo acogieron el vino como su bebida de rigor —el pueblo hizo lo propio con la cerveza—, sino que contribuyeron significativamente a su elevación como acompañante inseparable de los ritos mundanos y sagrados. Muchas de sus tumbas están decoradas con escenas de la vitivinicultura, y, en su interior, se han encontrado ánforas con rastros de vino. “En el agua puedes ver reflejada tu cara”, rezaba un antiguo proverbio egipcio, “pero en el vino siempre brotará tu mejor cualidad”.

Los reyes y monarcas egipcios promovieron la clasificación de los mejores vinos y las mejores cosechas, y establecieron, así, el primer sistema de selección y etiquetado. Para sus exigentes paladares, el delta del Nilo y el extremo occidental del país ofrecían los mejores mostos.

Además, como ocurrió con muchos pueblos de la antigüedad, la civilización egipcia se rigió por los mandatos de varios dioses, entre ellos Osiris, quien, según las leyendas mitológicas, tenía, entre sus responsabilidades, velar por la fertilidad, proteger la fauna, la flora, y juzgar a los muertos en su paso hacia la otra vida. Uno de sus preceptos tuvo que ver con perfeccionar el cultivo de la vid y la elaboración del vino para facilitar el encuentro del hombre con las deidades del paraíso.

Para los egipcios también fue significativo elevar el consumo a una experiencia única, en la que se combinaban magistralmente los platos con el vino, frente a comensales que se untaban embriagadores fragancias en el cuello y la cabeza para enriquecer sus sentidos.

No menos significativo fue el vino para los griegos. Aparte de constituir un producto clave para la economía, los gobernantes y líderes espirituales de Grecia convirtieron a la bebida en un agente inseparable para sus vivencias espirituales y artísticas.

La deidad encargada de su protección fue Dionisos, hijo de Zeus y de la mortal Sémele. En sus comienzos, Dionisos fue, al igual que Osiris, el dios encargado de la fertilidad, pero luego su accionar se concentró en las vides y en el vino. Según la mitología griega, Dionisos nacía con los primeros brotes de la planta y moría cuando, al pisarse los racimos, estos se convertían en el jugo fermentado de la uva. Beberlo era, ni más ni menos, una forma de alimentar el cuerpo con la sangre de la divinidad.

La asociación del vino con las artes escénicas griegas tuvo su origen en las llamadas “dionisiacas”, deshinibidas fiestas en las que se representaban largas obras teatrales.

La figura de Dionisos se extendió posteriormente a la península itálica, donde los etruscos —quienes habitaban la actual zona vitivinícola de la Toscana— adoraban a Flufluno, su propio dios de la agricultura y del vino. Estas figuras divinas dieron origen, posteriormente, a la imagen de Baco, quien igual que Dionisos, era recordado en celebraciones populares y teatrales llamadas “bacanales”, durante las que se bebía vino, sin control y sin medida.

La adoración de Baco alcanzó todos los confines del imperio romano, y tuvo vigencia hasta que el senado romano prohibió su culto tras la aparición del cristianismo, que también concentra parte de su culto en el vino.

Por extensión, la bebida ha sido invitada de honor en castillos y palacios en toda Europa, desde Rusia hasta Turquía, y desde Hungría hasta Portugal. Dinastías enteras se han entregado a sus mágicos encantos, y no ha existido celebración prominente que no haya tenido al vino como protagonista.

Igual que en Egipto, en Grecia y Roma ha habido siempre preferencias monárquicas por lugares de origen que van desde Falerno, en Italia, hasta Tokaji, en Hungría, Constantia, en Sudáfrica, y Burdeos y Borgoña, en Francia. Pero estas son historias para otra cita.

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