Por: Eduardo Barajas Sandoval

Diplomacia de las ciudades

Las ciudades, y aún los pequeños asentamientos humanos, resultan siendo escenarios en los que  desfilan, por lo general en desorden, los fenómenos propios de los conflictos internos que se han convertido en la manifestación contemporánea más ostensible de la guerra. Es urgente fortalecer su capacidad para prevenir escaladas violentas, ayudar en la construcción de la paz y establecer las condiciones de reconfiguración social necesarias para dar por terminados los conflictos.

Más de quince millones de personas han perdido la vida en las guerras locales que aquejaron a la humanidad tan sólo en la última década. Cuarenta millones más han sido obligados a dejarlo todo por causas ajenas a su voluntad, y han sido condenadas a buscarse otro sitio geográfico, por lo general en entornos culturales y económicos extraños. La intolerancia, los intereses innobles que se aprovechan de los débiles, los radicalismos étnicos y religiosos, cuando no la simple ambición por controlar tierras y otros recursos naturales o fuentes de riqueza, se encuentran a la base de semejante hecatombe.

El impacto de los conflictos armados, y de los que sin llegar a las armas afectan la vida cotidiana de nuestra especie, es ostensible en los asentamientos humanos. Devastados los campos, o puestos sus habitantes en condiciones invivibles de inseguridad, en ningún otro lugar como en las aldeas y las ciudades se vienen a sentir las consecuencias del desplazamiento y a tramitar los problemas derivados de las guerras internas que afectan a países de todos los continentes.

La tendencia a la urbanización ha concentrado en ciudades y aldeas no sólo poderes sino problemas. Tarde o temprano a su espacio público, y a su entorno social, llegan personas interesadas en integrarse de alguna manera a su régimen de vida. Cuando no llegan a agravarlo todo ilusos de las causas más extrañas o depredadores que quieren un pedazo de poder o la opción de camuflar sus actividades.  Aglomerados todos, obligados a vivir el uno junto al otro, surgen dinámicas complejas de competencia por los servicios y por las oportunidades. La fotografía del espectáculo resulta por lo general confusa. Y la radiografía presenta una imagen preocupante de ineptitud institucional y política para manejar la situación.

Los gobiernos locales no fueron ideados para que se dedicaran a la prevención de conflictos. Cuando más, sus poderes han tenido que ver, originalmente, con esa cuota de ejercicios de disciplina social que corresponde ejercer a quien quiera que mande en cualquier organización humana. Cada asentamiento surgió por lo general animado por una actividad relacionada con el aprovechamiento de la naturaleza o de las facilidades de comunicación que dinamizaran la producción de bienes y los intercambios comerciales. Y aún los que aparecieron como refugio ante enemigos externos, no contaban con las complejidades que la vida contemporánea, y la proliferación de conflictos internos, significan como reto para el buen gobierno.

Reunidos en el Palacio de la Paz, en La Haya, al abrigo de los recintos de la Corte Internacional de Justicia y de la Corte Permanente y el Tribunal de Arbitraje, cientos de líderes locales, alcaldes, campeones de las causas civiles, practicantes de la no violencia, como los ya legendarios indígenas del Cauca colombiano, profesores universitarios y animadores de organizaciones no gubernamentales de primera línea, deliberaron la semana pasada sobre las opciones de involucrar a los gobiernos locales en la prevención de conflictos, la consolidación de la paz y la reconstrucción post conflicto.

La agenda de La Haya sobre Diplomacia de las Ciudades, convenida en esa reunión, constituye un propósito de profundas implicaciones democráticas.  Al comprometer no sólo a los gobernantes locales sino a las propias comunidades en el desarrollo de iniciativas de consolidación de la paz en el ámbito inmediato de pequeños y grandes asentamientos, invita a que la imaginación se agudice en busca de soluciones precisas, correspondientes a las necesidades de una u otra sociedad en conflicto.

Al llamar al reconocimiento de los gobiernos locales en su capacidad de constructores de paz, obra con realismo y acierto político en cuanto eleva la consideración que dichos gobiernos merecen al interior de los Estados. Al proponer la promoción de una cultura de paz y el funcionamiento de redes entre ciudades al interior de un mismo país, así como entre gobiernos locales de diferente nacionalidad, con el común propósito de la búsqueda de la paz, viene a potenciar alianzas indispensables para que funcione esa pedagogía social que resulta de las coincidencias de buenas prácticas de gobierno. El refuerzo de todos esos propósitos marcará sin duda una diferencia sustancial en los procesos hacia la paz que tanto anhelan diferentes sociedades en uno u otro lugar del mundo. En el cumplimiento de esa agenda hay un reto que debemos asumir sin vacilación.  
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