Por: Arlene B. Tickner

Diplomacia meliflua

En diplomacia los tiempos son tan importantes como el lenguaje que se utiliza y los asuntos que se plantean.

Por más inoportuno, el timing del gobierno Uribe para denunciar una vieja noticia —la presencia de miembros de las Farc en territorio venezolano— no fue tan inesperado, ya que como en muchos otros temas de la agenda pública el Presidente saliente tiene la desatinada intención de atar las manos de su sucesor.  Tampoco sorprenden las “decisiones” de la OEA de tomar nota de las acusaciones colombianas, de Unasur de convocar a los presidentes a mediar en la pelea colombo-venezolano o de Mercosur de instar a una rápida resolución de la misma.

Más que pruebas de la insipidez de la diplomacia regional (que también existe), reflejan un reconocimiento generalizado de que es mejor aguardar la sucesión presidencial en Colombia para comenzar a mover fichas.  El silencio de Juan Manuel Santos ante este desafortunado desenlace lo confirma, como también algunas declaraciones de Chávez.  Más allá del “show” y la decisión de ausentarse de la cumbre de Mercosur, las afirmaciones del mandatario venezolano de que hay voluntad política para dialogar con el nuevo presidente colombiano y que la guerrilla debe reconsiderar su acción armada no pueden ser interpretadas sino con reservado optimismo. Como también el que Néstor Kirchner —como secretario general de Unasur—  viene a la posesión de Santos (no sin antes pasar por Caracas), junto con los Presidentes de Argentina y Ecuador.

No cabe duda de que la hoja de ruta del nuevo Gobierno en política internacional no puede abandonar el tema de la presencia guerrillera en territorios vecinos o el apoyo (directo o por omisión) del gobierno Chávez, pero tampoco debe reducirse a ello.  Además del restablecimiento del diálogo por encima de las recriminaciones públicas, un paso obligado en la normalización de las relaciones con Venezuela —tal y como se ha ido aprendiendo en el caso de Ecuador— es el reconocimiento y el respeto recíprocos. 

Aunque no nos gusta que los vecinos se ufanen de ser “víctimas” del conflicto armado colombiano, tampoco puede desconocerse los altos costos que han pagado sus Estados y sociedades a causa de ello.  Como lo ha hecho este Gobierno, por ejemplo, cuando niega que haya 500.000 refugiados colombianos, según Acnur, repartidos entre Ecuador, Venezuela, Panamá y Perú, o cuando desconoce los gastos en seguridad que han hecho los vecinos para defender sus fronteras del “derrame” de actores ilegales y violencia proveniente de Colombia.

Un viraje en el discurso oficial, desde la “obligación” de los países a cooperarle a Colombia en la lucha antiterrorista hacia la admisión del carácter transnacional del conflicto armado y la “deseabilidad” mutua de establecer mecanismos de cooperación en temas tan variados como tráfico de drogas y armas, crimen organizado, y seguridad y desarrollo fronterizos, atendería la doble necesidad de comenzar a reducir la desconfianza que algunos países tienen frente al nuestro y abrir mayores espacios de interlocución dentro de mecanismos subregionales como Unasur.

Al contrario de lo sugerido por el Presidente saliente, quien criticó como “babosas” las palabras conciliadoras de su sucesor frente a Venezuela, lo más recomendable en esta coyuntura es una diplomacia sostenida, institucional pero sobre todo “meliflua”.  Confirmando el famoso refrán, “más moscas se cazan con miel que con hiel”.

 

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