Paro nacional: balance de la primera movilización de 2020

hace 2 horas
Por: Paul Krugman

Disculpa con Japón

Durante casi dos décadas, Japón ha sido tenido en alto como una moraleja, una lección de cómo no se debe administrar una economía avanzada.

Después de todo, la nación isleña es la superpotencia ascendente que tropezó. Un día, tal parece, estaba por el camino al dominio de la alta tecnología de la economía mundial; al siguiente, estaba sufriendo de lo que parecía estancamiento incesante y deflación. Además, los economistas occidentales fueron lacerantes en sus críticas hacia la política japonesa.

Yo fui uno de esos detractores; Ben Bernanke, quien después se convertiría en el presidente de la Reserva Federal, fue otro. Y en últimas fechas, con frecuencia me descubro pensando que deberíamos ofrecer disculpas.

Ahora bien, no estoy diciendo que nuestro análisis económico fuera incorrecto. El documento que publiqué en 1998 sobre la “trampa de liquidez” de Japón, o el artículo que Bernanke publicó en 2000 exhortando a los legisladores japoneses a demostrar una “determinación rooseveltiana” para enfrentar sus problemas, han envejecido bastante bien. De hecho, en algunas formas, parecen más relevantes que nunca ahora que buena parte de Occidente ha caído en un prolongado bache muy similar a la experiencia de Japón.

Sin embargo, el punto es que, de hecho, Occidente ha caído en un bache similar al de Japón. pero peor. Y no se suponía que eso ocurriera. En los años 90 dimos por sentado que si Estados Unidos y Europa Occidental terminaban ante cualquier cosa parecida a los problemas de Japón, nosotros responderíamos mucho más efectivamente que los japoneses. Pero no lo hicimos, aun cuando teníamos la experiencia de Japón para guiarnos. Por el contrario, las políticas occidentales desde 2008 han sido tan insuficientes, si no activamente contraproducentes, que las fallas de Japón parecen menores en comparación. Además, los trabajadores occidentales han experimentado un nivel de sufrimiento que Japón ha logrado evitar.

¿De qué fracasos estratégicos estoy hablando? Empecemos por el gasto gubernamental. Todos saben que a comienzos de los 90, Japón intentó darle impulso a su economía con un repunte en la inversión pública; es menos conocido que la inversión pública cayó rápidamente después de 1996, incluso al tiempo que el gobierno elevaba impuestos, socavando el progreso hacia la recuperación. Esto fue un gran error, pero palidece en comparación con las políticas de austeridad de Europa, enormemente destructivas, o el colapso en gasto de infraestructura en Estados Unidos después de 2010. La política fiscal de los nipones no logró suficiente para contribuir al crecimiento; la política fiscal de Occidente destruyó activamente el crecimiento.

O, consideremos la política monetaria. El Banco de Japón, el equivalente japonés de la Reserva Federal, ha recibido muchísimas críticas por reaccionar con demasiada lentitud a la caída a la deflación y, después, por actuar con demasiada impaciencia para subir tasas de interés a la primera señal de recuperación. Esa crítica es justa, pero el banco central de Japón nunca hizo algo tan mal concebido como la decisión del Banco Central Europeo de elevar las tasas en 2011, contribuyendo a enviar a Europa de vuelta a una recesión. Además, incluso ese error es trivial comparado con la conducta asombrosamente equivocada y empecinada del Riksbank, el banco central de Suecia, que elevó tasas pese a una inflación por debajo del objetivo y desempleo relativamente alto y en este punto, a todas luces, parece haber empujado a Suecia a una deflación directa.

El caso sueco es particularmente notable porque el Riksbank optó por hacer caso omiso de uno de sus propios vicegobernadores: Lars Svensson, economista monetario de clase mundial que había trabajado extensamente en Japón y quien había advertido a sus colegas que aumentos prematuros a las tasas tendrían los efectos que, en efecto, tuvieron.

Así que, en realidad, aquí hay dos preguntas. En primer lugar, ¿por qué parece que todos hubieran malentendido tanto esto? En segundo, ¿por qué Occidente, con todos sus famosos economistas —sin mencionar la capacidad de aprender del pesar de Japón—, hizo un desorden incluso peor que el que hizo Japón?

La respuesta a la primera pregunta, creo, es que la respuesta efectiva a condiciones de una depresión requiere de abandonar la respetabilidad convencional. Estrategias que ordinariamente serían prudentes y virtuosas, como equilibrar el presupuesto o asumir una firme postura en contra de la inflación, se convierten en recetas para un bache más profundo. Aunado a esto, es sumamente difícil convencer a personas influyentes de que hagan ese ajuste; tan solo vean la incapacidad de la cúpula de Washington para renunciar a su obsesión con el déficit.

En cuanto a por qué le ha ido peor a Occidente que a Japón, sospecho que tiene que ver con las profundas divisiones dentro de nuestras sociedades. En Estados Unidos, los conservadores han obstruido esfuerzos por combatir el desempleo debido a una hostilidad general hacia el gobierno, especialmente un gobierno que no hace nada por ayudar a Esa Gente. En Europa, Alemania ha insistido en el patrón oro y austeridad, mayormente debido a que la población alemana se muestra intensamente hostil a cualquier cosa que pudiera llamarse un rescate del sur de Europa.

Pronto estaré escribiendo más sobre lo que está ocurriendo en Japón actualmente, y las nuevas lecciones que Occidente debería estar aprendiendo. Por ahora, esto es lo que deberían saber: Japón solía ser una moraleja, pero el resto de nosotros se ha equivocado tanto que ahora este país, más bien, casi parece un modelo a seguir.

 

*Premio Nobel de Economía 2008.

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