Discursos de paz

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Hablar y escribir sobre paz en estos tiempos es una tarea compleja. Las personas que trabajamos en este medio, ya sea en construcción de paz, educación para la paz o resolución de conflictos, caemos con frecuencia en la trampa de lo abstracto. Por más que nuestra práctica se desarrolle en terrenos concretos, nuestra discursiva termina muchas veces reducida a ciertas frases de cajón que, pese a ser ciertas, no logran promover los cambios necesarios para aprender a vivir en armonía con los demás. De hecho, este texto es también una muestra de esa dificultad. ¿Cómo lograr que el mensaje que buscamos transmitir trascienda realmente? ¿Cómo hacer para ayudar a transformar la violencia inherente a nuestra sociedad actual?

Es evidente que no pretendo dar una respuesta mágica a estas preguntas en un par de líneas. Sin embargo, sí es posible reflexionar sobre algunos contenidos de lo que significa vivir en paz para empezar a interiorizarlo y, con el tiempo, volverlo una práctica cotidiana y sencilla. No se trata de cambiar el mundo, se trata de creer que es posible cambiar desde adentro para influenciar positivamente lo que nos rodea. Si logramos promover ese cambio y transmitirlo a nuestras familias, a nuestros hijos y a las personas con las que convivimos, ya habremos avanzado bastante.

María Montessori, cuya filosofía educativa tiene un valor particular en nuestro tiempo, pronunció en 1932 ante la Oficina Internacional de Educación en Ginebra un discurso sobre educación y paz, cuyo contenido bien podría haber sido escrito en nuestro presente. En él, Montessori busca que la paz sea concebida como una ciencia, de la misma manera que a lo largo de la historia el ser humano aprendió a desarrollar el “arte” de la guerra.

Desde esta perspectiva, el trillado, pero necesario concepto de paz positiva, asociado también con el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung, adquiere un sentido especial. La paz positiva no sería entonces únicamente, y en oposición a la paz negativa, el largo proceso de justicia social que precede el fin de una guerra y los acuerdos posteriores entre las partes. Se trata también de una práctica pedagógica permanente que busca reducir a su mínima expresión la violencia en la educación, y en particular desmitificar la peligrosa idea de que en el mundo sólo hay vencedores y vencidos.

La búsqueda de una ciencia de la paz se debe sustentar en la manera como se educa a los niños y en el corto circuito que muchas veces provocan los adultos en esa educación. Sigue existiendo en las familias y en la estructura de la educación tradicional el conflicto entre el fuerte y el débil, entre el ganador y el perdedor, entre el que es “capaz” y el que no lo es. Este conflicto se ha ido acrecentando con la supuesta modernidad y sus efectos colaterales como lo planteaba Montessori… hace 90 años: “al construir un entorno cada vez más alejado de la naturaleza y, por lo tanto, cada vez menos apropiado para un niño, el adulto ha aumentado sus propios poderes y de ese modo ha oprimido aún más al niño”.

Romper con ese paradigma aportaría mucho a la construcción de paz en cualquier escenario y reduciría los niveles de violencia. Al respecto, como lo afirma de nuevo Montessori, es importante tener en cuenta que en “los sistemas de educación tradicionales el niño finge por instinto con el fin de ocultar sus capacidades y ajustarse a las expectativas de los adultos que lo reprimen”.

No es una tarea fácil quitarse de encima el vocabulario abstracto y muchas veces redundante cuando se trata de construir paz. Sin embargo, sí debería ser considerado como algo concreto pedirle a la educación tradicional que adapte nuevas pedagogías, cuyo fin sea darles a los niños valores distintos a los que nos tienen acostumbrados el capitalismo a ultranza, la lógica del consumo, las redes sociales y la represión policial: ojalá que lo que sucedió con Javier Ordoñez nos deje algo más que más violencia.

@jfcarrillog

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