Por: Juan Esteban Constain

Discusiones bizantinas

Desde hace años tengo una fórmula infalible (y la comparto aquí gratis) para detectar a quien  no es de fiar: basta con que alguien diga “bizantino” cuando entiende “innecesario” o “intrascendente” o “estúpido”, para saber que allí, en lo más profundo, hay algo que está  mal.

Es un capricho, lo acepto, pero no puedo evitarlo. Aun sabiendo que el uso occidental le ha dado a la palabra, desde hace más o menos diez siglos, ese significado injusto y absurdo. Y todo porque los romanos del Oriente, los griegos del Imperio, se dedicaron a esa vieja costumbre de su tierra, tan extraña entre nosotros, de entender las cosas. De entender las cosas explicándolas, desmenuzándolas, discutiéndolas sobre una gran vasija de vino como si fuera (que lo era) un oráculo y un pozo: el pozo ése que había en Tesalia, y que según Censorino llegaba hasta el centro de la tierra.

Mientras el resto del Universo volaba en mil pedazos, mientras la vieja Roma iba de mano en mano arrastrada por algún franco o por algún godo, los bizantinos, en unas disputas maravillosas y enriquecidas por la infamia, aclaraban si la sangre de Jesús recogida por los fieles durante el vía crucis, por ejemplo, conservaba intacta su naturaleza divina. Demetrio creía que sí, y eso, más su gusto por el latín y el credo de los occidentales, casi le cuesta un ojo o una marca de fuego en la nariz. Lo salvó un poema que compuso, en el dialecto de Platón.

Bizancio fue el nombre de una ciudad asentada en el Bósforo, donde se unen el Mar de Mármara con el Mar Negro. Allí, muchísimos siglos después de que los griegos la conquistaran, el Emperador Constantino fundó su ciudad, aprovechando que la naturaleza la había hecho casi inalcanzable para los enemigos que venían del Oriente profundo.

Y así fue: durante 1000 años los más diversos enemigos (persas,  árabes,  pechenegos, mongoles; los implacables turcos que al final ganaron)  trataron de entrar a sangre y fuego en la ciudad, pero en vano: una muralla se alzaba del mar para proteger a los cristianos del Oriente, que mientras se dedicaban a situar el vello púbico de los ángeles, y también a la astronomía y la retórica,  la edición de los cantos de Homero, las intrigas palaciegas, el envenenamiento en todos su matices, y hasta el odio a los occidentales, unos salvajes de Europa que se inventaron la Modernidad.

 Fue por eso, por el odio, que en Occidente nos acostumbramos, hasta hoy, a nombrar a Bizancio cuando pensamos en lo incomprensible. La envidia suele ser el motor de la historia, o su premio más perverso. Estoy dispuesto a discutirlo, bizantinamente.

notastacitas@gmail.com

 

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