Por: Arturo Charria

Disección literaria del relato amoroso

En 1857, Gustave Flaubert fue llevado a juicio. La publicación de Madame Bovary estremeció la moral de una república que nació a golpes de látigo y guillotina: “Es una incitación a la infidelidad y al suicidio”, dijo el juez durante el proceso. Sin embargo, lo que en realidad evidencia el escritor francés es el espejismo del relato amoroso sobre el que se sostiene la institución del matrimonio en la nueva sociedad burguesa.

En la vida de Emma Bovary no había héroes gallardos, ni caballeros gentiles; las fiestas y los banquetes no se parecían a la modesta mesa provinciana en la que solía cenarse sopa de cebolla. Emma no quería una vida marital sino aquella que había leído en sus libros, pero su esposo, Charles Bovary, se complacía con la tranquilidad conyugal. La novela es, en sí misma, la muerte del ideal amoroso como relato heroico. La incapacidad de Emma de vivir fuera de este ideal es su verdadera muerte: tiene amantes, se endeuda, maldice su maternidad y se suicida. Cada intento de Emma por alcanzar el amor a través de un nuevo amante o lujo se convertía en una otra frustración, pues deseaba algo que agoniza en la historia que ella misma protagoniza.

Un siglo después, Federico García Lorca escribe Bodas de sangre, la primera de tres tragedias gitanas que ocurren al sur de España. En la obra asistimos a los preparativos de una boda que no se llevará a cabo: dos amantes huyen y la tragedia se desata. Al final del drama, un diálogo entre dos mujeres contiene la potencia narrativa de la obra: “Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes”.

La novia no se arrepiente, defiende su decisión, no quiere ser una mujer quemada por dentro, como Emma Bovary. Rompe con el ideal del amor sustentado en la tradición y la herencia que niega el deseo. Lorca sabe como nadie lo que implica romper un matrimonio en la tradición gitana y honra esta decisión con un duelo de pequeños cuchillos, en una escena que tiene la tensión desgarrada del flamenco. Sin embargo, libera a la mujer que gestiona su deseo, al tiempo que evidencia la muerte que viven esas otras mujeres que hacen del matrimonio el epítome del ideal amoroso: “¡Porque yo me fui con el otro, me fui! Tú también te hubieras ido”, dice la novia.

El año pasado Isaac Rosa escribió Feliz final, una novela sobre las relaciones amorosas en el siglo XXI. Se trata de una revisión anatómica al cadáver de lo que antes fuera una historia de amor. La novela va retrocediendo, como si se tratara de un antiguo reproductor de VHS, a través de la vida de los protagonistas. La primera escena es desoladora: un apartamento en el que solo queda un viejo sofá dañado, y las manchas en el piso y en las paredes de muebles y cuadros que estuvieron ahí durante años.

Los problemas económicos, la falta de diálogo, los proyectos inconclusos, la monotonía y las infidelidades se convierten en los motivos de una ruptura llena de corresponsabilidad. La abrumadora cotidianidad de la novela impacta, pues sentimos que las situaciones nos interpelan e incluso nos sentimos reflejados en ella. Feliz final demuestra la fragilidad de las relaciones contemporáneas, en las que la caducidad hace parte de la realidad con que se asumen. Isaac Rosa llama a esto la obsolescencia del amor, pues al igual que los objetos tecnológicos que compramos, no está hecho para durar toda la vida.   

El amor es un relato que se ajusta a las dinámicas sociales y cada momento histórico tiene su propio relato, y la literatura, como testigo privilegiado de su época, expone el cuerpo diseccionado de aquello que solemos llamar relaciones amorosas. De ahí que resulte estratégico comprender cuál es el relato amoroso de nuestro tiempo, de modo que podamos habitarlo sin ahogarnos en él o morir en sus mitologías, como solía afirmar Borges.

@arturocharria

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