Sombrero de mago

Disfraz de “manzana podrida”

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Fuera de ser uno de los países más inequitativos del mundo, con una economía desbarajustada, una larga historia de violencia y desamparos, Colombia es, en medio de tantas desventuras, un país surrealista. Simula un sueño “feliz”, aunque es una pesadilla. Después de la policía asesinar a trece jóvenes en medio de las protestas por el crimen cometido también por policías contra el señor Javier Ordóñez, el presidente se vistió de policía. No se pintó las rayas de la camisa en la piel, como el loco del tango, sino que se disfrazó de botón (o tombo).

Antes se había enmascarado de cabeceador de futbolito, de acordeonero, de bailarín de salsa—de bobo no, porque esa parece ser su naturaleza—, de “demócrata”, aunque sus aspiraciones y ejecutorias son más de dictadorzuelo. Se ha puesto la careta de presentador de magazín televisivo y el antifaz de bufón sin gracia, con una lengua que lame los zapatos de banqueros y otros potentados, además de los de la gringada que le dicta órdenes.

Su reciente mascarada trajeado de policía fue como una especie de bofetada a los familiares de las víctimas de las tropelías oficiales. Atribuir los desafueros policivos a unas cuantas “manzanas podridas” no deja de ser una charada de bazar populachero. Lo evidente es que la institución está atravesada por la podre y ha desviado los derroteros que le señala el artículo 218 de la Constitución: “La Policía Nacional es un cuerpo armado permanente de naturaleza civil, a cargo de la Nación, cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”.

Y no solo en ese organismo se han presentado anomalías, sino que se ha militarizado, en el sentido en que se adscribió al Ministerio de Defensa cuando su esencia es la de estar bajo la tutela del Ministerio del Interior. Cada vez más lo fueron alejando de su objetivo constitucional, para hacerlo parte de acciones más de competencia militar que de un cuerpo civil armado que esté para preservar y mantener las “condiciones necesarias” para que la gente, por ejemplo, pueda ejercer el derecho a la protesta. A contrario sensu, se ha documentado que, en múltiples ocasiones, cuando de manifestaciones en contra de atropellos gubernamentales se trata, es la misma policía la que envía infiltrados para promover el vandalismo.

El desprestigio policiaco ha provocado, por ejemplo, que mucha gente mire con recelo las acciones de esta institución. Una encuesta del Dane sobre convivencia y seguridad, de 2019, reveló que el 68 por ciento de los ciudadanos no confía en la policía. Y esa desconfianza, que lo más probable es que haya crecido en 2020, tiene mucho que ver no solo con las “manzanas podridas” (¿cuántas son?), sino con que, como se puede apreciar en barrios de distintas ciudades, entre ellas Medellín, se advierte cómo miembros de este cuerpo cobran “vacunas” a miembros de bandas delincuenciales y a los “jíbaros” de las “ollas” de ventas de estupefacientes.

Hace años, en la imaginación infantil había chicos que querían ser bomberos y muchos otros policías. No creo que hoy, en Colombia, haya muchachos que deseen ser policías. A lo mejor, le hagan coro a una banda extranjera de rock que interpreta aquello de “nunca seré policía”. Y esto también se une a la intención gubernamental de darles tratamiento militar a las demostraciones masivas de descontento. Cuando las enormes manifestaciones de indignación por distintos atropellos oficiales se expresan en las calles, el gobierno, en su ejercicio de macartización, dice que son promovidas por guerrillas, por vándalos (que los hay, los hay, claro). En los despliegues de rabia, dolor y repudio al asesinato del ciudadano Ordóñez, hace dos semanas, lo que hubo fue una reacción de protesta masiva espontánea, sobre todo de parte de jóvenes, contra la barbarie policial.

En todo caso, como lo señaló hace poco el representante Jorge Gómez Gallego, el gobierno ha desligitimado a la policía al darle roles que no son de su competencia. Este organismo, que está marchando al revés de la Constitución, requiere una reforma estructural de fondo, como lo han pedido, por ejemplo, los alcaldes de Bogotá y Cartagena.

Y la reforma no consiste en vestir chaqueticas de la policía ni ser complaciente con sus desmanes y brutalidades. Ni se hace con burlas a las víctimas, como se puede detectar en la actitud del presidente de la república y su ministro de Defensa. Duque y su séquito han adoptado la táctica de desconocer los derechos a la protesta y desvirtuar el descontento popular. Este último lo atribuyen a injerencias de reductos terroristas y no a la incapacidad del régimen para solucionar los ingentes problemas de miseria, hambre, desempleo e inequidades a montón que afectan a millones de personas. Parece que toda la huerta oficial está llena de manzanas podridas.

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