Por: Oscar Guardiola-Rivera

Disneylandia

Llevo una semana esperando que aparezcan en la prensa nacional dos nombres que han estado en el centro del debate internacional en las redes sociales: Manuel Díaz y Joel Acevedo. No los he visto.

No logro entender que una historia como esta no merezca una línea en nuestros diarios.

La razón no puede ser que hubiese tenido lugar en un país remoto. Los hechos tuvieron lugar en Estados Unidos. El pasado 21, Manuel Díaz, de 25 años, fue asesinado a balazos. El día siguiente fue baleado Joel Acevedo. No cayeron en fuego cruzado entre bandas por ajustes de cuentas, ni fueron víctimas de algún grupo de vigilantes ultranacionalistas con espeso acento sureño. Los mató la policía de Anaheim, California, donde se encuentra Disneylandia.

Es el octavo incidente de este tipo en la ciudad que alberga a “el lugar más feliz del mundo”, ese escenario central de la fantasía que nos define como miembros de la sociedad del espectáculo y constituye, por así decirlo, su lado oscuro. Es como si de noche, cuando los visitantes de Disneylandia se han ido, muchos de ellos hispanos, el Pato Donald cambiara su traje claro por uno azul oscuro, enfundase en él su blanco plumaje y se pusiera una pistola al cinto para salir a cazarlos a tiros.

La Policía ha dicho que se trataba de miembros de pandillas. Las redes sociales están repletas de testimonios y declaraciones de testigos que alegan lo contrario. Díaz estaba desarmado cuando le dispararon. El incidente ha causado nueve días continuos de protestas y desórdenes en Anaheim, Nueva York, Oakland y San Francisco.

De ello ni una palabra en la prensa nacional. Nadie hace las preguntas correctas: ¿por qué en una ciudad donde el 55% de los habitantes son latinos, muchos de ellos prefieren no acudir a las autoridades pues sienten que éstas los persiguen? ¿Cuál es la relación entre las muertes de Anaheim a manos de la policía y el juicio que se celebra en estos días en Arizona contra el sheriff Joe Arpaio, acusado de violación de los derechos contra personas de origen latino por el sólo hecho de su color?

Me equivoco. El color no es un “hecho”, o mejor, se trata de un hecho social y político. Nada tiene que ver con la naturaleza, sino con la economía, la historia y los relatos que aceptamos acerca de la existencia de gentes más o menos avanzadas o elegidas por Dios o el mercado para cumplir un rol histórico. Me viene a la memoria otro relato, el de un encuentro entre Henry Kissinger y el ministro chileno Gabriel Valdés en 1969. El primero afirmó: “El Sur nunca ha hecho historia”.

Los latinos serán mayoría en EE.UU. muy pronto. Mantenerlos subordinados, con miedo a la autoridad, en estado permanente de persecución e inferioridad, es garantizar que la historia no cambie. El Pato Donald y su pistola son parte de esa guerra.

 

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