Por: Rodolfo Arango

Disquisiciones filosóficas

Decía un buen amigo que uno nunca piensa en la muerte, pero que llega un momento en que toca hacerlo.

Su dicho me recordó la reflexión de Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano, libro traducido magistralmente por Julio Cortázar: “Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que terminará por devorar a su amo”. Tal cual. La traición (¿o claudicación?) del cuerpo y su ensañamiento con la vida es destino inescapable tanto para emperadores como para mendigos.

Karl Jaspers, el psiquiatra y filósofo que contribuyó a la reconstrucción alemana después de Auschwitz, se interesó por el estudio de las situaciones límite en la vida (locura, agonía, depresión), aquellas en las que la persona vislumbra verdades que escapan por lo general a la cotidianidad. En el límite de la existencia la vanidad cesa y la humildad impera: una clarividencia se apodera de quienes ya no tienen algo que perder porque se preparan para perderlo todo.

Una de esas verdades de a puño, el análisis, es precisamente objeto de reflexión por Hans Castorp en diálogo con su maestro Settembrini, ambos personajes inventados por Thomas Mann en La montaña mágica. Dice Castorp (con el perdón de los lectores por la larga cita): “El análisis es bueno como instrumento para la ilustración y la civilización, es bueno en la medida en que destruye convicciones estúpidas, disipa prejuicios naturales y hace tambalearse los cimientos de la autoridad; en otros términos: es bueno en la medida en que libera, afina, humaniza y prepara a los siervos para la libertad. Es malo, muy malo, en la medida en que impide la acción, daña las raíces de la vida y es incapaz de darle forma a esa vida. El análisis puede ser algo muy poco apetecible, tan poco apetecible como la muerte, de la que en realidad es parte… Está emparentado con la tumba y esa anatomía que la acompaña”.

Entre el cuerpo, el análisis y la muerte existe, quién lo hubiera pensado, una relación inescindible. Y no podía ser de otra forma: tarde o temprano la naturaleza, encarnada en nuestro cuerpo, termina por devorarnos, literalmente. Ya lo advertía Camille Paglia en Sexual personae: construimos la cultura para intentar poner diques a la arrasadora acción de la naturaleza. Aná-lisis significa desatar, deshacer, descomponer, partir, morir. ¿Por qué el análisis resulta entonces constitutivo de la civilización para Thomas Mann? Una posible respuesta es el intento de la razón por dominar el temor a la muerte, que engendra superstición, prejuicio, sumisión. Otra respuesta es el empeño de la ciencia por diseccionar la estructura profunda de la vida, con el fin de superar los límites de la efímera existencia.

Gracias al talento literario de Yourcenar, Mann o Paglia, entrevemos una verdad antes oscura: la naturaleza siempre recobra lo que es suyo, por mucho que erijamos castillos conceptuales para contenerla. El análisis nos libera del miedo y nos prepara para la libertad, permitiéndonos construir mundos y civilizaciones alternas; pero, al final, no podemos negar la verdad de una vida perecedera. Nada es eterno sobre la tierra. Sin embargo, las palabras y acciones de los seres queridos seguirán viviendo en nuestra mente y en nuestros recuerdos, enriqueciendo nuestros días.

 

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rodolfo Arango

Tres espectros

Propiciemos el cambio

Enseriemos el debate

Dejación de ilegalidades

Adiós a las armas