Por: Alberto López de Mesa

Distintas independencias

La celebración del bicentenario de la independencia de Colombia corresponde a la versión oficial de la historia, sin embargo, no para todas las comunidades que componen la Nación, las fechas conmemorativas corresponden con el concepto respectivo de independencia.

Según el Mamo Ramón Gil, para los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta (Koguis, Arzarios, Aruhacos y Kankuamos) lo más parecido a un momento de independencia les llegó cuando la Constitución del 91 los reconoció como entidades culturales autónomas y les otorgó pertenencia sobre su territorio ancestral.

Para los afrodescendientes habitantes de San Basilio de Palenque en el departamento de Bolívar, ellos fueron el pueblo que primero logró la independencia del régimen español, cuando en 1691 un grupo de cimarrones liderados por Benkos Biohó escapó del fuero colonial en Cartagena y fundó el primer Palenque libre.

El escritor Germán Espinoza consideraba que en Santa María la Antigua del Darién, durante la gobernación de Vasco Núñez de Balboa se dio un brote libertario e independentista, ya que un grupo de conquistadores habitantes de la comarca se negaron a enviar tributos a la corona.

Los cartageneros por su parte asumen y festejan el 11 de noviembre de 1811 como la fecha de su independencia aunque hasta 1821 lograron la autonomía definitiva.

La historia oficial señala el 20 de julio de 1810 como la fecha a celebrar el día de la independencia, en razón de que en Santa Fe de Bogotá, aprovechando el entuerto con el florero de Llorente, un grupo de políticos e intelectuales criollos dirigió levantamientos populares que obligaron la destitución del Virrey Amar y Borbón, aunque varias e importantes ciudades mantenían vínculo con el reino español, peor aún, las ambiciones particulares en distintos territorios género enfrentamientos entre la criollada, lo que facilitó las acciones del “pacificador”, general realista Pablo Morillo que llegó a poner orden en las colonias alborotadas. Lo que obliga el fortalecimiento del ejército libertador, con recursos ingleses y franceses y al mando del culto y rico caraqueño Simón Bolívar quién declara la guerra a muerte a los españoles y por siete largos años, realistas y patriotas, se enfrentan en sangrientos combates, hasta que el 7 de agosto de 1819, en campos de Boyacá, vencen a los realistas en la batalla que le permita a Bolívar el ingreso triunfal a Bogotá.

Siguen años aciagos, de usurpaciones de tierras y masacres a los nativos, los antioqueños, por ejemplo, con su innata vocación de colonos federalistas, se abren paso hacia el norte buscando salida al mar en el golfo de Urabá, arrasando con pueblos Emberas y Lunas, también hacia el sur fueron implacables con los nativos a la hora de fundar los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, sobre estos desalojos y matanzas nadie ha rendido cuentas ni han pedido perdón, así es que para muchos de por allí la independencia es un mal recuerdo, lo mismo que para los seguidores del indígena Agustín Agualongo en Nariño, furibundos rivales del ejército bolivariano.

Todas estas disputas intestinas, por el poder y por la tierra, tenían que desembocar en enfrentamientos a diestra y siniestra, cuyo clímax se dio en los años cincuenta en casi todo el territorio, tiempo bautizado por la historia como “época de la violencia”. El caudillo Jorge Eliecer Gaitán arengaba que la verdadera libertad del pueblo colombiano se lograría cuando se le arrebatara el poder a la oligarquía, y, más tarde, el líder fundador del M19, Jaime Bateman, entre los argumentos de su lucha guerrillera estaba el lograr la segunda y verdadera independencia, alcanzable con la distribución equitativa de la tierra y de la riqueza para disminuir las desigualdades sociales y lograr la paz con justicia social.

Hace cien años, al cumplirse el primer centenario de la independencia oficial, el Ministerio de Educación convocó un concurso para que se narrará la historia de Colombia que debía ser impartida en los colegios, ganó el libro escrito por los abogados Jesús María Henao y Gerardo Arriba, una historia romántica, esquemática y sesgada que terminó enseñándose como la historia oficial. Hoy en día, se hace necesario una historia que trascienda las hazañas de héroes militares y políticos acartonados, que nos incluya a todos, sin distingo de razas ni de fe, porque nos corresponde construir una nación incluyente, que reconozca la diversidad como uno de sus riquezas. Que reconozca la participación del pueblo anónimo en la consecución de la aún incierta independencia.

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