Por: Augusto Trujillo Muñoz

Distrito musical y folclórico

Ibagué y el Tolima tienen en la música folclórica el más grande de los activos tanto para consolidar su identidad como para impulsar su desarrollo.

Lo primero es la síntesis de un devenir que se expresa en nombres ilustres: el maestro Castilla, Garzón y Collazos, Leonor Buenaventura, Blanca Álvarez, Silva y Villalba, el maestro Zambrano. Lo segundo tiene que ser un propósito colectivo.

Ibagué merece ser convertida en distrito musical y folclórico. Como es Cartagena distrito turístico, Santa Marta distrito histórico, Buenaventura distrito portuario. En ello deben empeñarse sus sectores vitales y comprometerse sus congresistas. Debe igualmente volverse zona franca para la industria musical y demás manifestaciones culturales vinculadas a ella. Hacer patria no va en contravía de hacer negocios.

La inquietud me surgió en la mitad del concierto que, el martes anterior, la Fundación Musical de Colombia ofreció a los miembros de la colonia tolimense residente en Bogotá. El eje del concierto fue la obra “Ibanasca, una leyenda cantada de los Dulima”, inspirada en la gesta indígena por preservar su cultura, sus valores, su presencia en la historia. Eran los días de la conquista, cuando los soldados del mayor imperio de su tiempo sentaron sus reales en el nuevo mundo. La orquesta y el coro de la Universidad del Tolima, dirigidos por el maestro César Augusto Zambrano, redimieron la leyenda.

La Fundación viene organizando el Festival de la Música, el concurso de duetos y el de composición desde hace cinco lustros. También se celebra el Festival Nacional de Folclor, nacido hace cinco décadas como iniciativa para recuperar la paz y superar la violencia del medio siglo. Tal vez por eso recordé durante el concierto al escritor tolimense Álvaro Hernández, cuyo “libro cantor” ganó uno de los concursos Enka de cuento, por allá en los años ochenta. Ojalá mi memoria no traicione su texto:

“Antes de que existiera memoria alguna sobre la tierra los hombres vivían en paz. No usaban palabras para comunicarse sino algo así como notas musicales que aprendieron oyendo el canto de las aves y los sonidos de la naturaleza. Semejante armonía se rompió cuando un hombre tuvo un sueño extravagante. Soñó con signos desconocidos que poco a poco se convirtieron en letras. Las letras se volvieron palabras y las palabras frases.

Al poco tiempo otros hombres soñaron otros sueños en los que aparecían otras voces que fueron formando otros dialectos. Y terminaron alejándose por completo del canto de las aves y de la música del mundo, pero también de los demás hombres. Ya no vivían ni soñaban con la armonía de la música, sino con la lógica de los idiomas. Después vinieron las guerras”.

La música en Ibagué ha sido, desde siempre, un suceso cotidiano entre sus habitantes. Son ellos quienes deben trabajar la idea y asumirla como un objetivo común. Cuando se han visto las cosas un millón de veces, hay que volver a mirarlas como si se vieran por primera vez. Al salir del concierto les dije a Doris Morera de Castro y a Alfonso Gómez Méndez: El Tolima tiene en la música el mejor instrumento para la paz, para el cambio, para el desarrollo. Lo fundamental es saber usarlo. Tal vez esta iniciativa suelta pueda enriquecerse en un debate amplio y pedagógico, para que entre a formar parte de una renovada agenda regional.

*Ex senador, profesor universitario  [email protected]

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