Por: Alvaro Forero Tascón

Dividir al país entre buenos y malos

“Aquí lo que hay es gente mala matando gente buena”, dijo el ministro de Defensa. Se refería al asesinato de líderes sociales. Se entiende que busca con ello desestimar la evidencia de que no se trata de casos aislados, sino de un patrón de ataques a un grupo específico, por otro grupo específico. Crímenes de lesa humanidad perpetrados por grupos criminales opuestos a cambios sociales, localizados en ciertas regiones.

El presidente Iván Duque fue más allá, dividiendo al país entero entre una mayoría buena y una minoría mala. “La mayoría de la gente de este país es gente buena, de buenos sentimientos, laboriosa, trabajadora”, dijo.

Parece un lugar común, un dicho de abuelo, pero no lo es. Además de engañosa y moralista, es una narrativa disociadora que genera consecuencias políticas porque estimula la conflictividad social. La fortaleza de una democracia es la cohesión social, que es la que estimula la confianza en las instituciones, genera propósitos comunes y concede los instrumentos políticos para realizarlos. La división, la polarización, que es lo que tiene a las democracias en crisis, es el instrumento del populismo para usar la democracia socavándola desde dentro. El populismo primero divide a la sociedad entre pueblo bueno y grupos malos, crea la noción de una voluntad única y pura, y se presenta como la encarnación de esa voluntad del pueblo contra los enemigos. La división permite la descalificación de la minoría, desconocerle legitimidad asociándola con los delincuentes, los invasores, los que “traicionan” la cultura nacional. Y genera chivos expiatorios que esconden los verdaderos problemas y distraen la atención de la opinión pública, protegiendo políticamente a los gobiernos frente a sus malos resultados.

De todas las divisiones basadas en la identidad de un grupo social, nacionales versus extranjeros, religiosos versus ateos, etc., la peor es entre delincuentes y cómplices de delincuentes y “gente buena, de buenos sentimientos, trabajadora”. El problema de la política mundial basada en identidades y no en intereses económicos y sociales es que no permite el diálogo ni la comparación de propuestas, porque se basa en amigos y enemigos. De la categoría de “gente buena, trabajadora” es muy fácil excluir al inmigrante, a quien recibe subsidios estatales, al desempleado, al no religioso, al diferente.

Dividir al país entre “gente buena” y “cómplices del terrorismo” fue muy efectivo políticamente en la década pasada. Pero las cosas han cambiado. El populismo de derecha basado en el rechazo a las Farc se está agotando, y por sus efectos colaterales dejó de ser confiable económicamente.

Esa división generó reacción y creció a la orilla política opuesta que creó nuevas definiciones de buenos y malos, igualmente efectistas. Así como en el pasado esa división generó “confianza inversionista”, hoy está produciendo zozobra inversionista. Y de populismo autoritario está mutando al viejo populismo económico.

Los extremismos políticos coinciden en ver el mundo entre buenos y malos, y en que cada uno encarna al pueblo bueno. El presidente Duque ha hecho esfuerzos por no caer en el radicalismo político, por eso se oye tan destemplado su oración de la “gente buena”.

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2019-07-29T00:00:11-05:00

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