Por: Mario Méndez

Diviértete, pero no permitas que te distraigan

La diversión es un espacio social para que la gente logre su equilibrio homeostático —entre su medio interno y el entorno social en que se desenvuelve—. Hasta ahí, bien. El ser humano no puede ni debe encasillarse en una actividad y por tanto habrá de “divertirse”, asumir nuevos roles, viajar, disfrutar del arte, todo lo más “diverso” que pueda de acuerdo con sus circunstancias materiales de vida. Pero otra cosa es la distracción, que tiene implicaciones políticas en la medida en que el aparato tecnológico e industrial maneja el tiempo y la atención de las personas.

Como animal político, el ser humano tiene o debe tener preocupaciones en cuanto a su condición de sujeto social, encaminadas al mejoramiento individual y colectivo, de suerte que siempre está o debiera estar atento al progreso en beneficio general. Pero los mecanismos que permiten materializar estos anhelos son de índole política, si entendemos la política como la disciplina que permite administrar en la mejor forma la “cosa pública” y no como un medio para aprovecharse de los demás y manipularlos.

En estos tiempos de captura de cerebros, se perfilan actividades y variada formas para distraer a la gente. Del verbo pasamos al sustantivo, es decir, al distractor, aquel elemento que sirve grandemente para desviar la atención de los problemas que se presentan en toda realidad, sobre todo si está marcada por el conflicto social, por las contradicciones sociales, por el desequilibrio en el reparto de los bienes que produce la sociedad.

Quizá la forma más conocida de esa aplicación malandrina nos la muestra la historia de la Roma imperial con su mezcla de “pan y circo”, paradigma destinado a refrenar cualquier germen de reconfiguración del Estado. Ni más faltaba que surjan otros espartacos, diría el semidios en vísperas del advenimiento del monoteísmo pleno, pero no bajo la égida del césar, sino de los asustadizos ante la ciencia —así fuera incipiente— y todo aquello que se aleje de los parámetros oficiales.

La vigencia de un persistente pensamiento mágico en la Edad Media dará para la Inquisición pero también para la distracción del rebaño, de la grey, soporte del dominio no racional y del respeto reverencial que se romperá con la caída del modelo monárquico y la llegada de la burguesía al poder. Siempre habrá eventos, celebraciones, feriados, hechos que concentran el interés de las mayorías, creando una dinámica que refuerza las bases del poder vigente.

Hoy, con todo un arsenal de ayudas tecnológicas, el individuo se encuentra atenazado —sin que se dé cuenta—, sin criterio, entre un acopio sin límites de la información telemática, bastante desaprovechada, y la circulación reenviada y con likes sobre las cosas más insustanciales y anodinas que generan inofensivas formas de percibir y concebir la realidad.

En fin, el aparato ideológico no descansa, y el resultado es una masa cada vez más masa y que mira hacia el pajarito de quien ordena “miren aquí”, precisamente en una relación de dominante-dominado que poco deja para encauzar la energía social con miras al cambio social. ¿O será que éste no se necesita?

Tris más. ¿Cómo distraer al niño que manifiesta inquietud porque algo le incomoda? Dándole un caramelo… y las réplicas multiformes no faltan para los adultos.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

846366

2019-03-23T02:00:51-05:00

column

2019-03-23T02:15:01-05:00

[email protected]

none

Diviértete, pero no permitas que te distraigan

47

3562

3609

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mario Méndez

Elección popular, frustración democratera

“Titánicos” contrastes

Hastío y esperanza

Alardes de un alcalde impopular

Importaculismo del Estado