Por: Ernesto Yamhure

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Se cumple el primer año del Gobierno del presidente Juan Manuel Santos, cuya gestión goza de un amplísimo respaldo en los diferentes sectores de la sociedad colombiana.

 

Aquellos que aplaudieron los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe, son los mismos que hoy califican favorablemente a Santos. Esa realidad demuestra que, independientemente de las diferencias que hay entre una y otra administración, el país siente que hay una continuidad en materia política.

Al decir popular, cada quien tiene su estilo de matar pulgas. Juan Manuel Santos dirige el gobierno de una manera muy distinta a como lo hacía Uribe. Son dos maneras perfectamente diferentes en la forma, pero si nos atenemos a las calificaciones que dan los ciudadanos, tenemos que aceptar que en lo esencial continúa indisoluble el matrimonio ideológico entre el creador de la Seguridad Democrática y su sucesor.

Torpe sería negar el distanciamiento que hay entre Uribe y Santos. El expresidente ha planteado algunos elementos que no son de su agrado: está el tema de las “relanzadas” relaciones con Hugo Chávez y los nombramientos de dos ministros (Interior y Agricultura) con quienes Álvaro Uribe tiene diferencias políticas y personales.

Digamos que el aspecto que más le ha criticado el uribismo al nuevo gobierno es el del deterioro que en materia de seguridad se ha registrado en algunas regiones del país. El presidente Santos ha explicado la situación al decir que ese rebrote es consecuencia de una nueva estrategia implementada por la guerrilla, tendiente a demostrar, a punta de acciones terroristas, que su capacidad ofensiva se mantiene intacta.

¿Es Juan Manuel Santos el “sepulturero” de la Seguridad Democrática, razón de fondo por la que se justificaría y se entendería una ruptura política del uribismo con él? Mirémoslo a la luz de los hechos. Seguramente Santos se equivocó en la conformación de la actual cúpula de las Fuerzas Militares. Los resultados indican que no fue muy acertada la decisión de poner a un hombre de los mares al frente de unas tropas que deben combatir en la selva. Aquello no significa que la guerra esté perdida, ni que los logros del gobierno anterior en materia de seguridad hayan sido borrados del mapa.

Santos no ha hablado de caguanes ni de diálogos a cualquier precio con la guerrilla. Esta semana envió un mensaje muy claro: nadie está autorizado para hablar con las Farc ni con el Eln. Dijo, asimismo, que un proceso de paz es posible siempre y cuando los terroristas hagan lo que todos sabemos que no harán: dejar de delinquir.

Han pasado 365 días de un gobierno que logró la victoria defendiendo los postulados políticos de Álvaro Uribe. Juan Manuel Santos fue candidato avalado por La U, partido fundado para mantener vigentes las ideas del expresidente. Fueron los uribistas quienes más trabajaron por su triunfo.

Cuando todo parecía perdido frente a Mockus, los generales del uribismo se emplearon a fondo para revertir la tendencia y lo lograron. Son ellos los arquitectos del éxito, los socios naturales del actual gobierno.

Ahí entendemos por qué el presidente Santos ha dicho que una pelea entre él y Álvaro Uribe le hace un daño irreparable al país.

Colombia pasa por un buen momento y sería lamentable que una disputa personal entre dos grandes líderes mande todo al traste. Por eso, creo que es un buen momento para que Santos y Uribe dejen de lado las valoraciones subjetivas y se sienten, de una vez por todas, a tomar un café y a discutir como los aliados que son los grandes asuntos nacionales.

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