Por: María Teresa Ronderos

Doble oportunidad para Bogotá

Bogotá había conseguido avanzar en igualdad, dignidad y gobierno.

Sacábamos pecho porque, cuando el país sucumbía de pavor por la violencia, aquí la criminalidad cedía, el dinero rendía, las obras públicas fluían, los ciudadanos nos comportábamos mejor, había más meritocracia, estrenábamos bibliotecas y colegios, se combatía el hambre de los niños y los viejos y, a cambio, pagábamos impuestos en serio y hasta con gusto.

Ahora hay inseguridad creciente, politiquería, contratación pública en manos de pirañas insaciables, mugre en la calle, cebras borroneadas, Trasmilenio desvencijado, mientras, frustrados, nos lamentamos de no tener embelecos como el metro. La cultura ciudadana se olvidó, y un mal día amanecimos con la ciudad histérica, de barriadas sin esperanza, al garete, con nuestro simpático delfín de linaje dictatorial expulsado del Palacio Liévano no sabemos aún si porque fue muy bobo o muy vivo.

Con esa depresión encima, magnificados escandaletes de mecánica política devoraron a nuestros mejores líderes y los escupieron a la arena pública hechos piltrafas. Semejante combinación —autoestima por el suelo y candidatos triturados— ha derivado en una campaña electoral lánguida, que no parece entusiasmar a nadie.

No vemos la doble oportunidad que tenemos en nuestras narices: aprovechar la peor crisis para construir las mejores soluciones y, a la vez, apreciar el hecho de que los años de buen gobierno nos han dejado un imaginario de una ciudad que sí sabemos posible, y una selección de candidatos, de tres generaciones diferentes, que ya quisieran otras ciudades colombianas.

Por lo menos siete de ellos han demostrado tener cualidades sobresalientes. Petro ha sido valiente investigador, al punto de ponerse constantemente en riesgo para contribuir con sus denuncias a sanear la política. Por la misma línea, Parodi desplegó en el Congreso su coraje, y hoy sigue dando ejemplo de disciplina de estudio y de trabajo. En medio de las aguas turbias de la actual política bogotana, Luna ha perseverado con tenacidad en una carrera transparente, comprometida con el ciudadano de a pie. Y el joven Galán, con apenas un período en el Concejo, tiene ese pragmatismo lúcido que da la experiencia. A Mockus la ciudad le ha conocido su inteligencia creativa, la magia con que nos hizo corresponsables del gobierno y nos puso a pagar impuestos voluntarios. Con capacidad de gestión sobresaliente, Peñalosa sacó del abandono a decenas de barrios populares y creó un nuevo sistema de transporte. Y a Suárez, a pesar de que representa al apaleado partido de gobierno, se le conoce su productividad intelectual y su firmeza en la defensa de lo público.

Pongamos en perspectiva las metidas de pata de algunos de ellos —deslealtad partidista, bandazos, hinchazón de ego, falta de olfato para escoger a los copartidarios—, males que son menores comparados con las ignominias de oscuras alianzas, dineros contaminados y enriquecimiento ilícito que aquejan a buena parte de los políticos colombianos de hoy.

No sería suficiente que apenas fueran personas correctas; al fin y al cabo, ése es el estándar mínimo a cumplir. Pero, con diversas experiencias, han demostrado liderazgo, ideales nobles, innovación en el ejercicio público, dedicación y, más importante, se la han jugado con arrojo por el proyecto de sociedad en el que creen.

¡Superemos ya los debates dañinos de si Songo le dio a Borondongo, o con cuál Muchilanga se alió Bernabé! Concentrémonos en conocer mejor el estado real de la ciudad y medir la viabilidad de las propuestas sobre la mesa. Luego, cada ciudadano tendrá sobrado de dónde escoger a quien crea que tiene, en proyecto, carácter y equipo, lo más adecuado para que nos ayude a devolver a Bogotá al cielo de donde un día se nos cayó.

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