Por: Eduardo Barajas Sandoval

Doctrina de mal ejemplo

No sólo los buenos ejemplos deben ser  tenidos en cuenta. También es preciso analizar exhaustivamente los malos, precisamente para que sirvan de luz roja que evite incurrir en hechos que los repitan.

Un gobernante que se quiere mantener en el poder y hace esconder los resultados de unos comicios adversos, propone u obliga a realizar nuevas elecciones y se dedica a revolver el ambiente y perseguir a sus enemigos, hasta convencerlos de que no respetará nuevas derrotas, los obliga a retirarse de la carrera y luego gana, no se puede ufanar de ser un campeón de la democracia. 

Derrotado en las elecciones parlamentarias, que tuvieron lugar al tiempo de las presidenciales, el Presidente de Zimbabwe, que era candidato a repetir, ocultó los resultados de manera que nadie supo si ganó o perdió. Enredó las cosas para llevar a la oposición no sólo al desespero sino a la desesperanza. Al punto que tuvo que aceptar, sobre bases inciertas, una segunda vuelta de la carrera presidencial.

La nueva campaña, a menos de parte del presidente, consistió en mostrar que no se le podría ganar. Su oponente se retiró, para dicha del otrora caudillo guerrillero, convertido en presidente cuasi perpetuo, que encontró así despejado el camino hacia un triunfo inevitable que reclama como si hubiera sido obtenido en condiciones de respeto a la libre voluntad popular.  Para completar, ahora ha sacado a relucir su cara generosa e invita a la oposición a unas negociaciones, no se sabe para qué, a las que el gobernante reelegido concurrirá desde su ratificada posición de poder.

El proceso reciente de Zimbabwe tiene varias lecturas. La de Robert Mugabe y sus amigos no es otra que la del triunfo de un político excepcional, adorado por su pueblo, que merece seguir en el gobierno, conquistado hace una cuarto de siglo, para que pueda completar su tarea histórica y sin que haya alguien capaz de reemplazarlo. Si no es Robert, entonces quién? 

Una segunda mirada proviene de la oposición. Arruinado el país a punta del ejercicio de un caudillismo nefasto y de una visión económica equivocada, cerradas las opciones de que el gobierno reconozca su derrota en los comicios, siendo inocua la existencia de una mayoría popular en contra del continuismo, y amenazadas sus huestes de ser molidas a golpes, encuentra cerradas las vías institucionales y no halla sentido a unas negociaciones a las que concurriría en condiciones de precariedad. Por la sencilla razón de que lo que allí se acuerde puede convertirse en letra muerta, como los resultados mismos de cualquier elección que no resulte favorable al dueño del poder.

Una tercera lectura es la que enseña que entre las peores y más dañinas formas de corrupción figura la que se deriva del abuso del poder para mantenerse en el gobierno. Y que todavía puede ser más perversa si al mismo tiempo se da la impresión de que se respetan las instituciones, mientras se abusa de ellas para avanzar en procesos sin futuro. Encerrado en su propio corral, un mandatario puede quedarse gobernando a su manera, sobre la base de una mayoría añeja, cuya vigencia nadie puede comprobar. Pero en la medida que el reloj de la historia no se pude detener, tarde o temprano llegará el día de las cuentas. Entre tanto, su mal ejemplo sirve de advertencia para los demás. [email protected]

 

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